Esta mañana estábamos estudiando los expedientes que demuestran cómo el equipo de gobierno -presidido por Belloch- no ha sabido resolver el problema del ferial en tres años de legislatura, a pesar de haber hecho declaraciones permanentes y anuncios continuados de que se estaban tomando las decisiones correctas. Y estaba con el concejal Pedro Jato, compañero que hace el seguimiento de estos asuntos, cuando éste, con cierta ironía, me ha enseñado un guión en el que quedaba muy claro y preciso cuál era el proceso de actuación del Equipo PSOE-CHA (¿o habrá que comenzar a poner CHA-PSOE?) en todas y cada una de las empresas que han decidido acometer. Felicitándole por su certeza, paso a explicárselo.
Observen el proceso seguido en casi todas las actuaciones del equipo de gobierno del alcalde Belloch:
1º. Improvisa el equipo de gobierno en la actuación;
2º. Se produce un enfado colectivo de la ciudadanía por la incertidumbre de la actuación y su falta de estudio y previsión, que perjudica a los ciudadanos;
3º. Entonces, ante el problema que se le viene encima, el equipo de gobierno intenta dialogar a la desesperada, mucho después de haberlo puesto en marcha;
4º. Al final para evitar un nuevo fracaso, se da una solución de parche, se decide hacer una chapuza que no convence ni satisface los intereses de nadie;
5º. Se acaba en el Juzgado por alguno de los perjudicados en la chapuza.
Policía, sindicatos, funcionarios, opositores a bomberos, Miralbueno, Romareda, aparcamiento, ferial, rastro de Romareda… Como ven, está retratada la forma de actuar en los tres últimos años. Por cierto para los meses que quedan ya saben que ni siquiera se actuará porque el alcalde ha dicho que “a estas alturas no vale la pena forzar las cosas”.
Pues, está claro, una legislatura perdida y esperemos que no tome la piqueta de su bolígrafo el concejal mesiánico, señor Martín de CHA, que ha descubierto que tiene el poder de culpar al Partido Popular hasta del clima que hizo en la fundación de Zaragoza.
Hoy,
Con estas declaraciones, demuestra que no sabe de qué está hablando, que es un patético ejemplo de quien no se entera de nada… Y muestras de su ineficacia y falsedad hay en su distrito de Santa Isabel. Si mantiene esta declaración tendrá que explicarnos a los zaragozanos porqué mintió su portavoz, el señor Gaspar, quien aseguró que se valoró la reducción del plazo para hacer las obras del Seminario y que pagó casi seis millones más de euros.
Junto a la
Por eso, está bien leer algunas meditaciones de la monja pintora, leer cómo anuncia la llegada de la luz “para hacer nuevas todas las cosas”, cuando dice que “seremos los habitantes de una ciudad sin noche, donde ya no será necesario mantener nuestra lámpara encendida”. Al final de todo, invita a “lanzarse ya a recorrer, sin temor ni nostalgia, el camino de la eterna novedad; un camino hecho en la arena de la nada, sin huellas ni senderos”.
La visita de Londres me lleva a la orilla sur del río Támesis, a una zona en la que se produjo una de las más importantes transformaciones con que los ingleses quisieron simbolizar y recibir el tercer milenio. Se bautizó a este itinerario como la Milla del Milenio (Millenium Mile) y que supongo les suena porque la idea la intentaron copiar en nuestra ciudad.
La Milla londinense es un itinerario cultural y social de primer orden, un espacio en el que se incorporaron las tecnologías punteras, un paseo hacia el futuro entre el Puente de Westminster hasta el Puente de Londres, como el nuevo Cine IMAX (que tiene la pantalla más grande de toda Europa), el complejo Vinópolis (donde se pueden tomar degustaciones y conocer los secretos de la industria vitivinícola), la nueva Galería Tate de Arte Moderno, restaurantes, exposiciones al aire libre y el Puente del Milenio… Ya lo ven, todo un sueño de futuro que ha convertido a Londres es una referencia de presente. Lo demuestra esa fila de gentes que esperan subir al London Eye, esa noria gigantesca que permite contemplar la más fascinante imagen de la capital inglesa.
Estoy pasando unos días en la ciudad de Londres, disfrutando de esa escasa semana real de vacaciones -no se puede alargar más tal y como está la libra- que preparas con cariño porque es el tiempo en el que estás sin reloj con toda la familia. Además, es un tiempo que nos conviene a todos, puesto que no hay nada más provechoso y formativo que conocer mundo y saber lo que hacen en otras partes del mundo ante problemas similares a los nuestros.
Estos calurosos días de agosto los he dedicado, entre otras cosas, a leer, a disfrutar de las novelas que siempre te relajan, porque sus páginas van construyendo un mundo apasionante y evanescente que tú controlas y te vas imaginando mentalmente. He disfrutado mucho en
Una trama cinematográfica que perfila dos itinerarios que siempre coinciden, como si la historia de las familias se repitiera en el tiempo y el espacio. Y, por cierto, hablando de cine, que para eso el autor es catedrático de Cine, creo que en ese mismo año 2005, el director Iain Softley, realizó una película a la que se le puso éste mismo título -“La llave maestra”- y que no tiene nada que ver con la estupenda novela, pues la producción americana cuenta las tópicas peripecias de una estudiante de enfermera contratada para cuidar a una pareja de ancianos dentro de una casa decrépita, perdida en las tierras del Sur profundo de Estados Unidos, vibrando con un mundo de miedo.
El otro día
Ascendimos al cerro y nos encontramos con una muralla brutal, con una muralla en medio de la cual han descubierto una tumba -escondida dentro de la muralla- en la que han encontrado un esqueleto, un casco de hierro, los restos de una comida ritual y un banco. Una tumba en la que habían colocado, en el siglo VI antes de nuestra Era, una cabeza cortada mirando hacia la zona de la que venían los enemigos. La cabeza cortada de un guerrero famoso al que colocan allí para que los proteja, para que mientras mire al este los enemigos no se puedan acercar al poblado.
Aunque, quizá mirando hacia el infinito desde ese cerro y con el cierzo en la cara, he llegado a pensar que el verdadero reto para nuestra sociedad del conocimiento es descubrir que aquellas gentes celtas -que recibían la mañana con el miedo de perder la vida- han triunfado sobre el tiempo y sobre la historia. Hoy, cuando los aviones surcan los cielos, incluso con el amigo Serafín Olcoz de guía excepcional, los guerreros que iban a destruir vidas y haciendas los ha hecho polvo el tiempo y al guardián de esa comunidad, al protector de sus vidas lo hemos mirado con cariño y con ternura. Hemos visto su casco, hemos imaginado sus penachos, hemos sabido de la caries de ese niño que los estudiantes han bautizado como Cuco con todo el cariño del mundo, hemos visto sus cuencos cerámicos, hemos visto los campos que ellos vieron…
Leo, con mucha sorpresa, en las páginas de la web municipal que, en Zaragoza y en estas fechas, se está trabajando en mejorar los colegios públicos, cosa que aquí -en Londres- ni siquiera sería noticia por la atención que hay en estas materias de formación, planteando cuestiones muy innovadoras y, muchas veces, fuera del aula. Y quiero anotarlo por el impacto que me ha producido.
Aprovechando la bondad climática de las tardes, de estos días agosteños en los que el cierzo parece que nos echaba de menos y se venía a acariciarnos, he paseado por nuestra ciudad. Lo he dicho muchas veces y lo he llegado a escribir. A mí me gusta andar los paseos espaciosos y las calles, perderme en el dédalo de viejas callejuelas, recrearme en los espacios de esas plazas recoletas que nacieron después de la Guerra de la Independencia, oír las rotundas campanas del Pilar mientras buscas rostros en las ventanas antiguas, en esas que ya han perdido la compañía de los viejos geranios que ponían bonito contraste en el color de las fachadas zaragozanas.
Hay muchas cosas que hacer en esta ciudad, muchísimas si queremos que sea una ciudad moderna, cosas muy importantes para sacarla de la intolerable agonía y el declive de estos últimos años… Pero, además, hay que aprender a pasearla, a quererla a ras de suelo, a sentirse de esta tierra bendecida por la Virgen del Pilar, a sentirse ciudadano y compartir el sueño de construir la ciudad del futuro con los hombres y mujeres que descubrimos asomadas tras las persianas, que nos contemplan desde la puerta de sus tiendas, que nos miran desde las ventanillas de sus taxis, que nos saludan al pasar, que se sienten participes con nosotros de tantas alegrías y -sobre todo- de tanto futuro que no podemos dejar escapar…