El pasado sábado, 27 de marzo, me publicó el diario ABC –en el suplemento “Artes y Letras”– un extenso artículo de dos páginas dedicado a la memoria de Joaquín Costa, titulado “Los perfiles de un mito”.
Por ello, copio el texto íntegro así como unos enlaces (1, 2, 3, 4 y 5) para descargar las cinco páginas originales en pdf del especial a la figura de este personaje que ha protagonizado la mayoría de los análisis sobre la modernidad de la realidad española:
JOAQUIN COSTA, LOS PERFILES DE UN MITO
Aunque no haya sido mucha su influencia real en la vida diaria de la España del siglo XX, hay que reconocer que la figura de Joaquín Costa ha protagonizado la mayoría de los análisis sobre la modernidad de la realidad española. Una permanente presencia, del que pronto fue conocido como “El león de Graus”, gestionada desde diferentes enfoques que, al final, han contribuido a convertirlo en una referencia para todos los que querían hablar del problema del campo español, de la necesidad de la educación, o para aquellos que se adentran en la complicada discusión sobre la gestión del agua.
El mito Costa se ha ido construyendo en cada uno de los cuatro grandes modos de enfocar su recuerdo. Primero, en la cercanía de su muerte, desde la visión de su amigo, el grausino Marcelino Gambón, que recupera sus perfiles de hombre empeñado en diseñar el futuro. Un acercamiento entrañable y casi de cronista, acaecido en 1911, que deja paso a la biografía de Luis Antón de Olmet (1917) cuando titula una nueva revisión de la obra del jurista altoaragonés desde la rotundidad del epígrafe “Los grandes españoles. Costa”, con el que lo entiende convertido en un personaje de dimensión nacional. Un personaje al que no se le hace caso, tal y como lo presenta M. Ciges que plantea la visión de “Joaquín Costa, el gran fracasado”. Ya sólo quedaba ensayar la cuarta revisión de lo que había sido el mito altoaragonés, cosa que hace George J. G. Cheyne cuando escribe (1972) su obra sobre de “Joaquín Costa, el gran desconocido”, título del libro que publicó en 1972.
Al final de todo, recuperemos el Costa familiar, el Costa español, el Costa fracasado o el Costa olvidado, lo que hay que preguntarse es sencillamente lo que decía Luis de Zulueta, en el prólogo de la antología de sus obras, cuando se pensaba en voz alta: “He aquí una duda que ha de parecer trágica a todo español. ¿Es España un gran pueblo que no encontró a su hombre, es Costa el gran hombre que no encontró a su pueblo?”. Una incógnita que salpica la leyenda de este español que sufrió el fin de la España universal y que vivió con intensidad su tierra, pues hay que reconocer como señaló (1978) Eloy Fernández Clemente, uno de sus grandes estudiosos, que –a pesar de todo y de todos- “su liderazgo cultural, político, social y moral ante los aragoneses es quizá el mayor que este país ha conocido y aceptado”.
Hemos llegado a la festividad de san José, el esposo de María, el carpintero de Nazaret, el hombre humilde que dirige la Sagrada Familia y que cuenta en su pasado con antecesores como el rey David. Hemos llegado a la fiesta de un santo que ha pasado por la historia de puntillas, como estando en un segundo plano, como si no quisiera restar importancia a los momentos que le tocaron vivir, desde el nacimiento en la cueva de Belén de Jesús. Hemos llegado a una fiesta de honda tradición en la cultura española, que en algunas comunidades ha sido sacrificada en aras de hacer festiva alguna efeméride en la que casi nadie se sentía representado.
Pero esta imagen del santo cambiará en el gótico, después del siglo XIII aparece solo y apartándose de las escenas protagonizadas por la Virgen y el Niño. Escondido tras las columnas, asomándose por ventanucas, acurrucado a la intemperie…, hasta que se produzca la recuperación de la figura y la dignidad de san José que protagonizará santa Teresa de Jesús eligiéndolo su patrono en 1621 y abriendo el camino para que el papado les concediera a las Carmelitas Descalzas el poder celebrar la fiesta del Patrocinio de san José en 1689. No debemos olvidar que los padres Carmelitas fueron los que trajeron su devoción desde las iglesias orientales hasta Occidente. 
Hoy, miércoles 17 de marzo, Nueva York va a vivir un gran desfile por la Quinta Avenida en la que participan multitud de personas vestidas de verde. Todas ellas salen a la calle para festejar el recuerdo de san Patricio, un santo escocés que nació en el siglo IV de nuestra Era y que, apresado por unos piratas, acabó en Irlanda donde llevaría a cabo una labor de cristianización y de organización de la vida de esos territorios, de los que fue obispo.
Una marea humana llenará las aceras de la recta y filmada avenida, sus tiendas exhibirán el símbolo de san Patricio, no la recorrerán los bicicleteros convertidos en taxi… Cualquier americano que tenga raíces irlandesas –y dicen que hay más de cuarenta millones entre los que estaba el presidente Kennedy- intentará acudir a la cita. Todo se habrá parado en recuerdo de un hombre santo que, en una recordada ocasión, cuando tuvo que explicar el misterio de Santísima Trinidad, cogió un trébol y habló de tres hojas y una misma planta. Precisamente, por eso Nueva York se llenará esta tarde de recortes en forma de trébol de color verde… que recordarán el color verde de los paisajes de Irlanda en ese entorno de la
Hoy vamos a mencionar unas breves pinceladas de una santa que vive entre el año 890 y el 968, que vive en la corte de los emperadores alemanes y que tuvo que hacer frente a muchos problemas porque sus hijos no entendieron su afán por gastar su dinero en bien de los necesitados. Podemos resumir su andadura diciendo que santa Matilde, casada con el rey Enrique de Sajonia, tuvo una complicada vida en la que vivió el enfrentamiento entre sus hijos durante el mandato de su hijo el emperador Otón I, al mismo tiempo que desarrollaba una vida de oración y atención a los necesitados. El 14 de marzo del año 968 murió de unas fiebres y el pueblo comenzó a venerarla como santa.
Era hijo del gran monarca Sancho el Mayor de Pamplona, el que denominaban las crónicas como emperador de las Españas, y fue producto de la relación del monarca con una noble dama, llamada Sancha de Aibar, perteneciente a una poderosa familia con la que el joven rey (de quince años de edad saliendo de una minoría llena de problemas con los nobles) contó siempre desde esta vinculación tan singular, por otro lado no extraña al siglo XI en el que nos encontramos.
Pero, después de esa operación, vio que el peligro real estaba en el Oriente y en las alianzas de los condes catalanes que allí vivían, razón por la cual decidió entrar en ese escenario justificándolo como una gran ofensiva contra las Taifas musulmanas, de Lérida en la Baja Ribagorza y contra la de Zaragoza en el Somontano de Barbastro, a partir de 1058. Para ello, Ramiro I decidió casar a su hijo Sancho Ramírez con Isabel de Urgel y a su hija Sancha con Ermengol III de Urgel. Con ello, intentaba frenar a su rival el conde de Barcelona y ajustar el pacto con el conde Ermengol, que se convirtió en yerno del aragonés. En 1062 conquistó Benabarre y el 8 de marzo de 1064 (ayer hicieron 946 años) fue asesinado en el asedio de Graus, luchando contra los ejércitos de la taifa zaragozana ayudados por los castellanos. A su muerte, por sorpresa, la sucesión estaba garantizada en la persona de su hijo Sancho Ramírez (quien, tal día como hoy -en el año 1071-, cambió la liturgia hispana o mozárabe por la liturgia romana en la iglesia aragonesa) porque todos entendían que el futuro de ese conjunto de tierras y de gentes estaba vinculado a la voluntad de una familia, la familia de los que pronto serían conocidos como los Aragón.
Muchas veces es bueno recrear los escenarios históricos para hacernos una idea más certera de los acontecimientos. Y, este acercamiento a los momentos, se puede hacer desde muchas ventanas. Hoy, al hilo de la fiesta de la Cincomarzada, vamos a intentar recuperar las figuras de las mujeres que poblaban las calles y los salones de aquella ciudad del año 1838 que sufrió un ataque carlista el 5 de marzo. Serían como estas que os aporto, con sus trajes a la moda francesa, con sus gorros y sombreros, con la elegancia y distinción que siempre ha tenido la mujer zaragozana a la que gustaba hacer una intensa vida social que tan pronto la llevaba a pasear por el paseo hacia santa Engracia, entonces el naciente Paseo de la Independencia, como a buscar la frescura del Canal en las tardes del verano…

Hoy cinco de marzo en Zaragoza recordamos, con la fiesta de la Cincomarzada, el fracaso del ataque de los carlistas a la ciudad en las contiendas que se suceden con ocasión de la Primera Guerra Carlista. Y relacionada con la reina Isabel II, contra la que los carlistas se habían levantado pues consideraban que no podía gobernar, está la segunda efeméride del día y es la concesión a Sevilla, el 5 de marzo de 1847, del Privilegio de feria que abría la posibilidad de que se creara la Feria de Abril. Y en los orígenes de este magno evento, celebrado en el barrio de los Remedios, dos personas fueron las que jugaron el papel de inspiradores: el vasco José María de Ybarra y el catalán Narciso Bonaplata, quienes, de acuerdo con ganaderos y agricultores, ponen en manos del Ayuntamiento de la ciudad el proyecto de la feria más famosa de España. Y nunca mejor dicho, de España y diseñada por gentes de las tierras de España… Treinta años después de crearse, llegaría a sus puertas la propia reina de España acompañada por el alcalde Ybarra.
Hoy os quiero hablar del
Compartía con vosotros la vivencia de la conferencia, sobre el peregrino jacobeo, que esta mañana impartía, dentro de una Semana Cultural cuyas