En esta mañana de viento, mientras el cierzo silbaba por los tejados del casco viejo, Maite Pérez Puyó se nos ha ido apagando en la paz, acompañada por el cariño de Teresa, y nos ha dejado el alma encogida y mudas las palabras. Era una mañana de sábado fría y soleada que, de pronto, se nos ha ido llenando de
recuerdos entrañables en los que el sonido era esa sonrisa noble y generosa de Maite, compartiendo con nosotros su amor a esta tierra que tantas cosas le debe en la recuperación de su cultura, compartiendo su lealtad a su trabajo y su compromiso sin horarios. Hoy es un día triste y doloroso para los que queríamos y queremos a Maite, la secretaria íntegra y modélica de siete de los consejeros de Cultura hasta que alguien cometió la injusticia de sobreponer al mérito y al trabajo profesional el deleznable amiguismo de alguien de su partido. Pero no logró evitar que, por encima de su ruindad, Maite siguiera siendo el referente de una intachable profesional y de una gran persona. Allí donde estés tienen que estar contentos de gozar de tu alegría vital, y nosotros estaremos contentos por haber tenido el honor y la suerte de compartir tu amistad y afecto, de poder formar parte de tu generosa vida entregada para tus amigos y tu tierra. Hoy te recordamos mirando con cariño la foto que, con humor, pusiste en tu facebook.
MIS PALABRAS EN LA BENDICIÓN DE LA VIRGEN DE SAN GIL
A finales del siglo XII, el rey Alfonso II de Aragón contrae matrimonio en la Seo de Zaragoza y la ciudad vive momentos de esplendor y apogeo. En aquellos momentos, una de las parroquias más importantes de la ciudad es la de San Gil, un viejo enclave consagrado en los mismos momentos de la conquista de la ciudad por su tío abuelo Alfonso el Batallador. Los cristianos que ocupaban el populoso barrio eran gentes que vivían una espiritualidad presidida por María de Nazaret como camino de Salvación, como intercesora ante su hijo Jesús. Y sus oraciones, sus peticiones y sus esperanzas se iban canalizando ante la imagen de María con su hijo sentado en el regazo, ante la imagen de María como trono de Dios que nos presenta a Jesús de Nazaret.
Aquellos momentos de guerras y de penurias, de enfermedades y de hambre, eran el tiempo en el que san Bernardo de Claraval abrió los límites del horizonte humano escribiendo que “la madre de Dios es madre nuestra”. Por ello, los artistas románicos y anteriores habían mostrado a la Virgen en una escena en la que estaba presentando su Hijo a los tres Reyes Magos venidos de Oriente, que querían simbolizar a todas las gentes del mundo. Pero desde el momento en que sentimos que María es nuestra madre, los artistas y la Iglesia entienden que ha llegado el momento en el que la Virgen abandone la escena de los Magos, se vuelva hacia los fieles y presente su Hijo a cada uno de los que la contemplamos; en una Epifanía personal, intima, familiar. Y un ejemplo de ese momento, de esa imagen de María que nos muestra a su hijo, lo tenemos en esta imagen de Nuestra Señora de San Gil que hoy se pone al culto en esta parroquia recuperando una vieja historia que nos lleva al medievo con una capilla dedicada a Santa María.
La imagen que va a hacer posible esa religiosidad personal y cercana, que va a sostener también ese diálogo con Dios a través de María, es una magnífica talla hecha a finales del siglo XII por un escultor anónimo que debía recorrer las tierras del valle del Ebro -con muchos saberes y muy buena técnica en su escasa mochila- allá por el año 1180, hace nueve siglos. Desde hace ochocientos años, la madera se ha convertido en la imagen que encarna las virtudes de la humildad y de la pobreza. La cuidada y vistosa policromía de ese solemne y sereno rostro, que hoy nos contempla, hizo realidad la vieja llamada del creyente Faciem tuam requiro, doce me, es decir: “Tu rostro es lo que busco, muéstramelo”.
Y ese rostro es el de una iconografía concreta que conocemos como la Virgen del Manto. La importancia de esa prenda es clave, puesto que el manto, que se sujeta con la mano izquierda para proteger al niño, es el símbolo de su condición de reina, es el manto de triunfo que la simboliza como la nueva Eva de la Salvación del pecado, mientras el velo que le cubre la cabeza nos habla del símbolo sagrado de las mujeres consagradas a Dios.
Nuestra Señora de San Gil está llena de símbolos, de mensajes para el creyente, de invitaciones a vivir el cristianismo plenamente puesto que no debemos olvidar, en este año de la fe, que la Virgen es el espejo de nuestra fe. Por eso, no hay que dejar de contemplar esa mano derecha que nos muestra una fruta, quizás la manzana de la salvación o mejor la pera que representó la dulzura de la Virgen, la dulzura de la Virtud de la que hablaban los Salmos.
De todos esos sentimientos y de todas esas verdades nos habla esta talla en madera que nos ofrece la imagen de Nuestra Señora de San Gil, sentada en un sencillo trono mostrándonos a su hijo que nos bendice con la mano derecha, convirtiendo a cada uno de nosotros en los protagonistas de la Epifanía del Señor. Si, como decían los místicos, la belleza, la serenidad y la calidad conducen a Dios, no tenemos duda que esta santa imagen canalizará el sentimiento y la fe de esta centenaria y gloriosa parroquia de Zaragoza, de la que incluso salió en el pasado la Cama del Señor para la procesión del Santo Entierro.
Contemplando esta imagen del siglo XII, todos estamos seguros de que, además de recordarnos los orígenes románicos de esta ilustre comunidad parroquial, contribuirá a que vivamos nuestra fe con total intensidad en los albores del siglo XXI, porque “se trata de obras que nacen de la fe y que expresan la fe».
Hoy más que nunca, en esta casa de Dios se hace realidad lo que decía san Basilio: «Lo que las palabras dicen al oído, el arte lo muestra en silencio». Y se da un paso más en seguir las enseñanzas del papa Benedicto XVI, cuando hace unos meses decía en una de sus audiencias públicas “Invito a todos a llegar a Dios, Belleza suma, a través de la contemplación de las obras de arte”. Como dice el Santo Padre la contemplación de las obras de arte también constituye un camino importante para llegar a Dios, a través de la belleza, y en este caso a través de la belleza de Nuestra Señora de San Gil, cuya presencia siempre tendremos que agradecer y mucho a nuestro querido párroco mosen Mario Gállego y que hoy bendice nuestro estimado arzobispo monseñor Ureña.
LA NIEVE ME AYUDA A CONCLUIR DOS MESES DE SILENCIOS
Es tiempo de retomar el blog después de mi postoperatorio, y qué mejor que hacerlo con un cuento que habla de la madre nieve,
Además, como esta nevando en mi tierra os cuento un cuento de hadas de los hermanos Grimm, estudiosos alemanes de los cuentos populares a finales del siglo XVIII y principios del XIX, titulado “Madre Nieve”, que es hermoso y que seguro que os gusta. Dice así,
«Cierta viuda tenía dos hijas, una de ellas hermosa y diligente; la otra, fea y perezosa. Sin embargo, quería mucho más a esta segunda, porque era verdadera hija suya, y cargaba a la otra todas las faenas del hogar, haciendo de ella la cenicienta de la casa. La pobre muchacha tenía que sentarse todos los días junto a un pozo, al borde de la carretera, y estarse hilando hasta que le sangraban los dedos. Tan manchado de sangre se le puso un día el huso, que la muchacha quiso lavarlo en el pozo, y he aquí que se le escapó de la mano y le cayó al fondo. Llorando, se fue a contar lo ocurrido a su madrastra, y ésta, que era muy dura de corazón, la riñó ásperamente y le dijo: «¡Puesto que has dejado caer el huso al pozo, irás a sacarlo!» Volvió la muchacha al pozo, sin saber qué hacer, y, en su angustia, se arrojó al agua en busca del huso. Perdió el sentido, y al despertarse y volver en sí, se encontró en un bellísimo prado bañado de sol y cubierto de millares de florecillas. Caminando por él, llegó a un horno lleno de pan, el cual le gritó: «¡Sácame de aquí! ¡Sácame de aquí, que me quemo! Ya estoy bastante cocido.» Se acercó ella, y, con la pala, fue sacando las hogazas. Prosiguiendo su camino, vio un manzano cargado de manzanas, que le gritó, a su vez: «¡Sacúdeme, sacúdeme! Todas las manzanas estamos ya maduras.» Sacudiendo ella el árbol, comenzó a caer una lluvia de manzanas, hasta no quedar ninguna, y después que las hubo reunido en un montón, siguió adelante. Finalmente, llegó a una casita, a una de cuyas ventanas estaba asomada una vieja; pero como tenía los dientes muy grandes, la niña echó a correr, asustada. La vieja la llamó: «¿De qué tienes miedo, hijita? Quédate conmigo. Si quieres cuidar de mi casa, lo pasarás muy bien. Sólo tienes que poner cuidado en sacudir bien mi cama para que vuelen las plumas, pues entonces nieva en la Tierra. Yo soy la Madre Nieve.» Al oír a la vieja hablarle en tono tan cariñoso, la muchacha cobró ánimos, y, aceptando el ofrecimiento, entró a su servicio. Hacía todas las cosas a plena satisfacción de su ama, sacudiéndole vigorosamente la cama, de modo que las plumas volaban cual copos de nieve. En recompensa, disfrutaba de buena vida, no tenía que escuchar ni una palabra dura, y todos los días comía cocido y asado. Cuando ya llevaba una temporada en casa de Madre Nieve, le entró una extraña tristeza, que ni ella misma sabía explicarse, hasta que, al fin, se dio cuenta de que era nostalgia de su tierra. Aunque estuviera allí mil veces mejor que en su casa, añoraba a los suyos, y, así, un día dijo a su ama: «Siento nostalgia de casa, y aunque estoy muy bien aquí, no me siento con fuerzas para continuar; tengo que volverme a los míos.» Le respondió Madre Nieve: «Me place que sientas deseos de regresar a tu casa, y, puesto que me has servido tan fielmente, yo misma te acompañaré.» Y, tomándola de la mano, la condujo hasta un gran portal. El portal estaba abierto, y, en el momento de traspasarlo la muchacha, le cayó encima una copiosa lluvia de oro; y el oro se le quedó adherido a los vestidos, por lo que todo su cuerpo estaba cubierto del precioso metal. «Esto es para ti, en premio de la diligencia con que me has servido,» le dijo Madre Nieve, al tiempo que le devolvía el huso que le había caído al pozo. Se cerró entonces el portal, y la doncella se encontró de nuevo en el mundo, no lejos de la casa de su madre. Y cuando llegó al patio, el gallo, que estaba encaramado en el pretil del pozo, gritó:
«¡Quiquiriquí,
nuestra doncella de oro vuelve a estar aquí!»
Entró la muchacha, y tanto su madrastra como la hija de ésta la recibieron muy bien al ver que venía cubierta de oro.
Les contó la muchacha todo lo que le había ocurrido, y al enterarse la madrastra de cómo había adquirido tanta riqueza, quiso procurar la misma fortuna a su hija, la fea y perezosa. La mandó a hilar junto al pozo, y para que el huso se manchase de sangre, hizo que se pinchase en un dedo y pusiera la mano en un espino. Luego arrojó el huso al pozo, y a continuación saltó ella. Llegó, como su hermanastra, al delicioso prado, y echó a andar por el mismo sendero. Al pasar junto al horno, volvió el pan a exclamar: «¡Sácame de aquí! ¡Sácame de aquí, que me quemo! Ya estoy bastante cocido.» Pero le replicó la holgazana: «¿Crees que tengo ganas de ensuciarme?» y pasó de largo. No tardó en encontrar el manzano, el cual le gritó: «¡Sacúdeme, sacúdeme! Todas las manzanas estamos ya maduras.» Replicó ella: «¡Me guardaré muy bien! ¿Y si me cayese una en la cabeza?» y siguió adelante. Al llegar frente a la casa de Madre Nieve, no se asustó de sus dientes porque ya tenía noticia de ellos, y se quedó a su servicio. El primer día se dominó y trabajó con aplicación, obedeciendo puntualmente a su ama, pues pensaba en el oro que iba a regalarle. Pero al segundo día empezó ya a haraganear; el tercero se hizo la remolona al levantarse por la mañana, y así, cada día peor. Tampoco hacía la cama según las indicaciones de Madre Nieve, ni la sacudía de manera que volasen las plumas. Al fin, la señora se cansó y la despidió, con gran satisfacción de la holgazana, pues creía llegada la hora de la lluvia de oro. Madre Nieve la condujo también al portal; pero en vez de oro vertieron sobre ella un gran caldero de pez. «Esto es el pago de tus servicios,» le dijo su ama, cerrando el portal. Y así se presentó la perezosa en su casa, con todo el cuerpo cubierto de pez, y el gallo del pozo, al verla, se puso a gritar:
«¡Quiquiriquí,
nuestra sucia doncella vuelve a estar aquí!»
La pez le quedó adherida, y en todo el resto de su vida no se la pudo quitar del cuerpo».
EL ABAD FANLO, UN DESTERRADO DEL SIGLO XI
Antonio Banus me escribe en mi Facebook preguntándome por el abad Banzo, del que dice ha leído en un libro que hacen referencia a mis trabajos sobre él. Y me siento feliz que alguien me proporcione ocasión de hablar de este entrañable personaje. Por ello comparto con vosotros algunas cosas que decía en un artículo dedicado a Banzo y escrito en junio de 1996, en la revista de Amigos del Serrablo, número 100. Se trataba de una reflexión que venía a revisar lo que escribí en esta misma publicación, hace veinte años, y que consistía en considerar que a este abad no se le había expulsado sólo por su mozarabismo y su apego al rito mozárabe, sino por su oposición a que convirtieran su viejo monasterio en un espacio distinto de acuerdo con la reforma canonical que alentaba el papado de Roma. En esa línea me había expresado ya en mi libro “Sancho Ramírez, rey de aragoneses y
pamploneses” (Zaragoza, 1996), y con esa nueva visión volvía a acercarme a la vida de uno de los personajes a los que tengo más afecto desde la distancia de los casi nueve siglos que nos separan.
El rey Sancho había peregrinado a Roma en la Pascua de 1068 y a su vuelta estaba decidido a poner en marcha la reforma de la iglesia incrementando la influencia del papado en Aragón. El monasterio de San Juan de la Peña fue el primero que vivió la reforma sufriendo el cambio del abad, del rito litúrgico, de sus modos de vida… y el primer disidente, que no estuvo conforme con este nuevo estatus monástico fue el abad Banzo de Fanlo aunque siempre hemos dicho todos que se enfrentó al rey solamente por no aceptar la reforma litúrgica y no admitir que se abandonara el viejo rito mozárabe español sustituido por el rito romano. Este inteligente monje, nacido en el condado de Bailo, gobernó la casa monástica de San Andrés de Fanlo, en el corazón del Serrablo, desde al año 1035 hasta los inicios de la década de 1070, con un gran prestigio personal y una notable sagacidad para los negocios. El cambio del modo de vida monástico en Fanlo debió de ocurrir alrededor del año 1071 y no debió de estar muy lejana a la expulsión del abad Banzo desde su monasterio serrablés de Fanlo hacia uno de los espacios del monasterio de San Juan de la Peña, en cuya estructura encontró refugio y afecto por parte del abad Aquilino. Una mención documental del propio abad –originario de Francia- nos explica que «cuando me extrajeron de la abadía de Fanlo vine a San Juan de la Peña en vida del señor abad Aquilino y me recogió el mismo abad en San Juan con deferencia». Banzo murió alejado de su monasterio y retirado de todo circuito de poder, añorando ese inmenso paisaje, quizás refugiado sólo en sus recuerdos que era todo lo que quedaba del viejo Aragón de principios del siglo XI. El cambio, los aires de Europa habían arrasado todo.
LOS INNUMERABLES MÁRTIRES DE ZARAGOZA
M
añana día 3 de enero de 2012 será la festividad de los Innumerables Mártires de Zaragoza que padecieron martirio en los inicios del siglo IV, por obra de la intransigencia y el temor que los romanos tuvieron contra los cristianos. Prudencio, en el Himno IV del Peristephanon nos lo cuenta con detalle e incluso nos aporta los nombres de todos ellos: Evodio, Quintiliano, Casiano, Félix, Luperco, Januario, Julio, Urbano, Apodemio, Primitivo, Optato, Publio, Ceciliano, Succeso, Matutino, Fausto, Frontón y Marcial. Y ustedes dirán: son dieciocho y no innumerables, cosa que es cierta y que además nos permite recordar que así se les conoció porque, en algunos textos litúrgicos, se quiso explicar que Daciano había hecho martirizar y matar a toda la comunidad cristiana de Zaragoza. La realidad es que esos restos de los 18 mártires del cristianismo zaragozano, acompañados con los sufrimientos del martirio de santa Engracia, fueron custodiados en la basílica de esta santa peninsular y recibieron culto desde los tempranos años del siglo V. En 1389 cuentan los documentos que fueron encontrados sus sepulcros y que eso supuso el relanzamiento de una devoción
que acabó fijándose en el día 3 de noviembre, utilizando el día en el que se recordaba que este templo había dejado de ser espacio de la herejía arriana y había vuelto a la ortodoxia. La ciudad siempre ha tenido una especial relación con este santuario, donde los obispos visigodos de Zaragoza –con san Braulio a la cabeza- mantuvieron una importante biblioteca episcopal y un centro de estudios famoso en toda la península. Y prueba de ello fueron las procesiones públicas que recorrieron sus calles desde el medievo, celebrando la memoria de estos Innumerables Mártires, y que recorren en la actualidad desde el santuario a la Plaza de España donde está el monumento a los mártires, un hito que recuerda que en ese espacio tuvo lugar la muerte de los Innumerables mártires, ante la Puerta Cineja de la ciudad, en el Cursus exterior de la muralla. Y espero que no se pongan trabas a esta procesión que lleva siglos haciéndose puesto que ya vale de gentuza empeñada en dejarnos sin tradiciones.
LA NOCHE DE LOS MUERTOS. NO HALLOWEEN
Copio aquí una entrada que he compartido con mis casi cuatro mil amigos de Facebook, en la esperanza de que también la lean aquellos que no tienen facebook pero entran regularmente a estas páginas, cosa que les agradezco máxime cuando llegamos muchos días a las mil personas. Hoy quiero reflexionar con vosotros sobre la necesidad de que a las cosas las llamemos como debemos llamarlas nosotros y no aceptemos cómo las llaman los demás. Este país somos del último que llega y además, tomamos esa decisión, abandonando todas nuestras tradiciones y todo aquello que nos ha ido construyendo –siglo tras siglo- como sociedad y como civilización. Así nos va. Un caso evidente es la celebración de Halloween que me parece, en mi modesta opinión y pidiendo perdón por aquellos que se molesten, una solemne majadería propia de gentes incultas. ¿ Cómo pueden decir que celebran Halloween cuando en realidad lo que hacen es copiar –copiar sin originalidad alguna-
una moda propia de los americanos que escenifica y recuerda la “Víspera de Todos los Santos” que eso es lo que significa la famosa frase All Hallows Eve?. Deberían decir que celebran la Víspera de Todos los santos, o si quieren más morbo que celebran la Noche de los Muertos que es concepto que ya tiene entidad por sí mismo. Este Halloween fue llevado por los irlandeses –a mediados del siglo XIX- cuando emigran a Estados Unidos como una celebración religiosa que acaso sólo ellos sabían que era una celebración celta, el Año Nuevo Celta. Y ¿cómo descubrieron nuestros jovencitos una moderna celebración de miles de años?. Pues sencillamente a través de una pobre película de gran éxito que fue “La noche de Halloween” dirigida por John Carpenter en 1978 y que paralizó a medio país, viendo como un niño asesinaba a su hermana. ¡ Dios mío que cosas tiene la vida ¡ De todas formas os contaré que allá por 1958, recuerdo que fui con mi abuelo a un pueblecito del Gállego que se llama Sorripas y recuerdo el miedo que pasé porque sus gentes habían colocado algunas calabazas vacías con velas en el camino para alumbrarlos y
proteger a las gentes que volvían de las cenas familiares –con castañas incluidas asadas en el hogar- frente a los espíritus que esa noche vagaban en busca de nuevas almas… Cuando algunos me dicen que celebran Halloween y yo les digo que no se lo qué es eso, me lo explican al mismo tiempo que piensan que soy un paleto mendrugón y que además no sabe inglés, cosa bien cierta. Lo que no saben es que yo pienso que son unos indocumentados porque ignoran que celebran la noche de los muertos como los celtas, como Zorrilla, como don Juan Tenorio, como sus abuelos, o como yo cuando era un niño en los caminos de Sorripas, en las llanuras pirenaicas del río Gállego.
LOS HUESOS DE SANTO
Si hay un dulce típico de los días de Todos los Santos es el conocido como “Hueso de Santo”, un postre elaborado con mazapán, pasta de almendra que se recolecta por cierto en estas fechas, que se rellena de dulce de yema que recuerda por su color amarillo al tuétano de los huesos. No sabemos ciertamente cuándo amanece en las mesas de los españoles, pero es bien cierto que la primera vez que lo tenemos documentado es en un libro del cocinero real Martínez Montiño, “Arte de Cozina, Pasteleria, Vizcocheria y Conserveria” publicado en 1611, en el que nos habla de ellos como “hechos para conmemorar a todos los Santos y a todos los muertos, en los primeros días de noviembre”. Madrid, la corte de los Austrias desde Felipe II para el que comenzó a trabajar como cocinero de la Corona, parece ser el escenario más apropiado para el nacimiento de este dulce que estaba llamado a ser referente de la gastronomía nacional. Un dulce que incorporaba el mazapán, de origen árabe andalusí como los buñuelos de viento que, no estaban rellenos de nada, pero se comían bañados en miel. Son las piezas claves de esas sobremesas familiares, recordando viejos tiempos y viejos protagonistas, de principios de noviembre… Y hoy, rellenos de cualquier cosa que la imaginación y el atrevimiento no tienen límite, los veremos acompañados de esos panellets, que son dulces catalanes, y de esos huesos de san Expédito que gustan en el sur de esta nación que todavía es España. Disfrutad de cada bocado, que en estos tiempos que corren es
oro puro, como voy a hacer yo con los que me he comprado en el famoso Horno del santo San Sebastián de la Plaza de San Felipe y os aseguro que están exquisitos, por lo menos como su afamado e internacional bizcocho. Como podéis ver incluso las viejas pastelerías decimonónicas lo anunciaban, como este letrero de la Pastelería “La Dulce Alianza” de Mondoñedo. Qué tiempos aquellos…
EL CEMENTERIO DE TORRERO
Si antes hablaba de un cementerio inglés, ahora lo tengo que hacer, cerrando esta madrugada del 1 de noviembre, del cementerio de Torrero y de todo lo que significa este extenso Palacio de la Memoria que fue bendecido el domingo 15 de junio de 1834 por el Arzobispo don Bernardo Francés Caballero, e inaugurado con el entierro de doña Manuela Moreno Abendaña a la que, años después en 1895, se le concedería el gozar de un nicho a perpetuidad por tal motivo, aunque eso de perpetuidad suena a engaño máxime cuando los protagonistas ya no lo pueden ver -al menos- con los ojos mortales. Este espacio, que primero fue propiedad de las parroquias y luego del municipio, es un entorno que necesitaba protección como espacio monumental y además la mejor protección, esa que deriva del estudio científico y documentado de sus elementos más notables.
Doña Isabel Oliván Jarque, doctora en Historia del Arte por la Universidad de Zaragoza y Jefe de la Sección de Patrimonio Histórico Artístico del Excmo. Ayuntamiento, que está realizando el importante
y documentado Catálogo Monumental de la Ciudad y del Cementerio de Zaragoza, ha escrito una útil guía «Rutas del Cementerio de Torrero. Ruta de Arte funerario» con los 25 enclaves más notables a visitar en un recorrido selecto, y un pequeño librito titulado “Cementerio de Torrero. Ruta del Arte Funerario”, editado por la Gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento de Zaragoza dentro de esa apuesta por salvar y proteger el recinto del Cementerio de Torrero, loable e importante tarea inspirada por el Consejero don Carlos Pérez y gestionada en el día a día por personas como el Gerente y el Vicegerente don José Abadía. En sus sesenta páginas la doctora Oliván nos habla de la historia del camposanto zaragozano, de sus ampliaciones y autores, a la vez que nos va descubriendo algunas de las peculiares apuestas por el Arte que conservan las calles de este cementerio de Torrero. Sus calles, lo que se denominan
andadores, nos abren los caminos en los que se han ido construyendo panteones, sepulturas, mausoleos y nichos, desde el proyecto de Yarza y Gironza hasta el de Elvira Diego en 1990, pasando por la ampliación de Segundo Díaz en 1875, o la gran reforma de Magdalena en 1883. Todo ello sin dejar en el olvido a arquitectos como Carquén en 1958, José Beltrán en 1970, o Sáenz de Cenzano que en 1979 hace el Complejo funerario. Yo les recomiendo visitarlo con tranquilidad, sin prisas, en busca de esa escultura o de
ese relieve que nos habla de la apuesta de gentes del ayer por la belleza más allá de la muerte, de esas inscripciones que siguen testimoniando historias
de amor y de dolores inmensos. El Cementerio de Torrero también es la memoria de la ciudad y por eso mismo debe gozar de nuestra atención. Una atención en la parte artística e histórica, a la que nos hemos referido, y una atención en lo concerniente a la recuperación de la Memoria de los que murieron por la intransigencia y la barbarie, que se puede seguir en una atractiva guía escrita por el doctor Casanova, catedrático de nuestra Universidad, titulada «El Cementerio de Torrero, un lugar de memoria (1936-2010). Rutas del Cementerio de Torrero», y en la que recoge información sobre los lugares en los que yacen personas asesinadas durante la Guerra Civil y un recorrido a través de seis lugares distintos que evocan el tiempo de olvido y recuerdo transcurrido desde julio de 1936 a noviembre de 2010. Toda una apuesta de turismo de excelencia en este fin de semana, para lo cual pueden bajarse las guías con los recorridos pinchando en los puntos azules que les he propuesto en este mismo texto.
UN CEMENTERIO LONDINENSE MUY SINGULAR
En estas fechas de Todos los Santos me ha parecido interesante recordar la existencia de un hermoso cementerio londinense, el Cementerio de Highgate, construido en 1839 cuando el crecimiento de la población asustó a las gentes que, ante la escasez de tumbas, tenían que estar enterrando y desenterrando permanentemente. Fue uno de los siete cementerios privados que hicieron pasar a la historia a los pequeños cementerios
parroquiales. Levantando en lo alto de Highgate Hill, con sus dos zonas –la antigua del oeste y la este- asombra visitarlo por sus continuas sorpresas y comprobar, por su magnitud, que es una verdadera ciudad de los muertos, con 168.000 personas distribuidas en más de cincuenta mil tumbas. Desde la entrada domina la fascinación por el antiguo Egipto, moda introducida en la sociedad victoriana por los exploradores de las sociedades culturales inglesas. En su recorrido nos podemos encontrar con nombres conocidos, como el de Michael Faraday, padre de la electricidad, o el de Carlos Marx, que están enterrados aquí… Y en su recorrido podemos recuperar la leyenda más sabrosa del cementerio, esa que creó Bram Stoker para ambientar su novela sobre Drácula, aunque le cambió el nombre al cementerio por el de Kingstead por cuestiones literarias o quizás particulares. Cerrado en 1975, cuando dejó de ser un negocio viable, se ha convertido en un espacio dominado por la Naturaleza que está gestionado por una asociación de “Amigos del Cementerio” que han logrado detener su ruina y convertirlo en un lugar catalogado de interés cultural y natural. Unas cinco libras os permitirán adentraros en un mundo de sugerencias, de sensaciones, de libertad apasionante. Por eso, hoy recordamos la fiesta de los fieles difuntos con la imagen de una de las calles de este cementerio, una imagen que dice todo y sugiere lo indecible… y con una tumba en donde sigue vigilante el perro fiel que espera la voz de su amo desde siempre y para siempre. Pero, si les viene lejos, no duden en pasear las calles del Cementerio antiguo de Torrero…
LA SILLA DECIMONÓNICA ENDEREZADORA
Hay Museos en el mundo que custodian los objetos más curiosos e interesantes. Por ejemplo, visitar la ciudad de Londres es hermoso y muy aconsejable, pero desde luego una de las cosas más llamativas es perderse en el Museo V & A Museum of Childhood, donde podemos contemplar desde casas de muñecas a mobiliario de niños. Y hace unos días me venía a la mente el recuerdo de lo que ellos llaman, seguramente de manera muy forzada, la Silla Comportamiento. Se trata de una silla construida en 1835 como resultado del intento del cirujano y anatomista Sir Astley Paston Cooper (1768-1841) de construir una silla con la que se pudiera corregir la postura defectuosa que producen las habituales en los niños. Como podéis ver, la silla obliga a los niños a sentarse correctamente, es decir con la espalda recta y la cabeza erguida, tal como me dice mi fisioterapeuta. Esta silla hizo furor y además la consideraron muy bien instrumento, no sólo para asegurarse una correcta columna vertebral, sino para adquirir unas formas de movimiento elegantes y pausadas, diría que armónicas. Por ello, en aquellos salones victorianos que nos recrean las películas, estaban estas sillas dispuestas a contribuir a la salud de los niños, pero también a sevir de potro de tortura y castigo cuando hacían esos mismos niños alguna pifia. Sentarse en ellas era salud pero era también un tormento ya que, con su asiento pequeño para no poder moverse, con su notable altura y con su respaldo rígido, era muy fácil caerse de ellas.