Hace unos días se cumplieron cuarenta años de la llegada del obispo Osés a la ciudad de Huesca y el Instituto de Estudios Altoaragoneses convocó una mesa redonda recordando a “Javier Osés y la Iglesia española de su época”. Hay que agradecérselo y mucho el que pudieran recordar –en voz alta– aquellos días gentes que saben mucho de lo que pasó, como es el caso del director de “Religión Digital” José Manuel Vidal, de Pepe Bada, de Pablo Martín de Santa Olalla o de Javier Ortega. Y, sobre todo, hay que apoyar esa reivindicación –innecesaria por otra parte pero que nunca sobra- de esa figura excepcional que fue don Javier.
Con su imagen entrañable, cercana, pacificadora y sabia, el obispo Osés llenó muchos años de la vida oscense –y acaso aragonesa- con un episcopado de más de treinta años. Con su valentía y su palabra, ni un milímetro alejada del mensaje de Cristo, supo decir lo que tenía que decir y donde lo tenía que decir. Máxime cuando le tocó vivir esa Iglesia que impuso el miedo entre una jerarquía en la que todos los seguidores del cardenal Tarancón fueron condenados por pensar. El nuncio Tagliaferri cambió cromos como quien cumplimenta un álbum de jugadores de fútbol, dejando marginados a grandes hombres de Iglesia –entre los que está, pese quien pese, ese hombre de Dios que es don Elías Yanes- a los que la historia, a la que ningún Nuncio puede manejar a su capricho, acaba poniendo en su sitio y reconociendo su valía y su obra. Y para recuperar ese sentido de unión entre todos los cristianos, podemos acabar releyendo o descubriendo ese testamento espiritual del obispo Osés, que nos dejó este obispo de Huesca que fue uno más entre las gentes que construyen esta tierra, siglo a siglo.