Día a día

Las etapas de San Juan de la Peña

En el post sobre mi participación en el Curso de Verano, que ha montado y culminado con éxito la doctora Pilar Poblador -dentro de las importantes presencias de la Universidad de Zaragoza en Jaca-, comentaba que había reflexionado sobre la historia del monasterio de San Juan de la Peña a lo largo de los siglos y su referencia como identidad aragonesa.

Ahora, atendiendo a los ruegos que me han llegado de algunos lectores -los cuales agradezco-, quiero precisar un poco más y haceros llegar -para comentarlas entre todos y compartirlas- las etapas para entender cómo se convirtió este monasterio en la clave de Aragón.

Primera etapa.- Desde el siglo XI -como panteón de los reyes de Aragón- se convirtió en el espacio que custodiaba la memoria de las hazañas del reino, el recuerdo de los reyes que habían hecho posible este estado pirenaico. Y este empeño fue mantenido durante el medioevo, mientras los reyes dejaban de visitar el monasterio porque se habían ido a vivir a la costa e, incluso, al Mediterráneo.

Segunda etapa.- A finales del siglo XV, los cronistas zaragozanos comienzan a escribir que en este paisaje de San Juan de la Peña se proclamó al primer rey de Aragón, dejando claro que antes que el rey fueron los aragoneses, dando razones a los nobles que estaban muy enfrentados con los monarcas que les querían limitar su poder. Ese es el momento -incluso durante los siglos XVI y XVII- en el que se explica que García Ximénez es tan héroe como Pelayo, el líder asturiano que se sublevó en Covadonga.

Tercera etapa.- En el siglo XVIII los monjes se van a vivir a un monasterio nuevo, el de la pradera de San Indalecio, y cómo no pueden trasladar las tumbas reales deciden protegerlas. El rey Carlos III comienza a construir un nuevo panteón en 1770, que los franceses respetarán en 1809 y al que acudirán los viajeros románticos. Estos poetas, seducidos por la muerte y los panteones, llegan en la primera mitad del siglo XIX atraídos por estas tumbas que son «la cuna de la monarquía española, hasta las sepulturas de los primeros conquistadores cristianos», tal como escribe Gustave d’Alaux en 1838.

Cuarta etapa.- A finales del siglo XIX, en 1889, el oscense Pedro Claver y Bueno vincula -por primera vez- San Juan de la Peña con la cueva asturiana de Covadonga, y, a principios del siglo XX, el periodista Mariano de Cavia denuncia que se haya dado mucho dinero al santuario de Covadonga (con ocasión de sus mil doscientos años) y San Juan de la Peña esté «en el olvido más triste, en el abandono más inicuo», destruyéndose solo y abandonado. Cuál es la clave que hay que lograr para salvarlo: pues conseguir que una carretera permita llevar a miles de personas hasta allí para verlo y admirarlo. Y eso se logra en 1931, tras el empeño de Primo de Rivera, cuando llegan hasta el monasterio por primera vez los automóviles y los primeros autobuses. Ese es el momento en el que el monasterio para a ser un espacio para el turismo, para disfrute de los aragoneses. El momento en el que este conjunto de dos monasterios y paisajes hermosos se convierten en cita turística, para todos los que quieran apreciar la belleza del románico y el valor de los escenarios en los que nació Aragón.