Categoría: Ideas & Propuestas

Ideas & Propuestas

LA PLAZA DEL PADRE PEDRO DIEZ

En el Casco Histórico de Zaragoza, desde febrero del año 2007 hay una Plaza dedicada al padre Pedro, ese escolapio que dejó una huella indeleble entre las gentes del barrio a las que sirvió con generosidad y con afecto. Su camino hacia los altares llena de emoción a muchas personas, tanto a las que tuvimos la inmensa suerte de conocerlo en nuestra época de alumnos escolapios, como a los que sólo supieron de sus filas que recorrían el barrio llevando a los niños a sus casas… Pedro Díez es un escolapio excepcional, de esos que habitualmente ha dado la orden del aragonés José de Calasanz y que han sabido hacer de la enseñanza y de su dedicación a los niños su razón de vivir…

Pero hoy no vamos a hablar de las cualidades del padre Pedro, sino de su plaza. Y lo hacemos porque ha recorrido el complejo mundo de la red una noticia que nos hablaba de que la Plaza que lleva el nombre del escolapio iba a tener una nueva denominación en el callejero, vinculada a la presencia en esa plaza de un espacio de las noches zaragozanas que se llama Oasis. Y esa noticia me ha llenado de indignación por muchas razones. Pero, sobre todo, porque el Pleno del Ayuntamiento con acuerdo de todos sus grupos decidió dar ese nombre a la plaza que se acababa de abrir en la calle Boggiero y junto al Colegio de las Escuelas Pías. Máxime cuando en aquella ocasión me tocó el alto honor de poder defender y negociar esta adscripción de la plaza al recuerdo del escolapio más notable en el mundo de la pedagogía infantil.

Por ello, he llamado al propio Presidente del Distrito del Casco Histórico, al concejal de IU don José Manuel Alonso, para preguntarle por esta noticia que había saltado hoy en función de lo que parece ser se habló en una comisión anterior. Y él mismo, con la educación y elegancia que le caracteriza, me ha confirmado que no hay nada de eso, ni hay intención de los responsables del Distrito municipal de cambiar el nombre de las calles. Estas palabras y el compromiso verbal del máximo responsable del distrito vienen a zanjar la cuestión y a tranquilizarnos a los cientos de personas que no vamos a tolerar que se cometa una agresión así con la memoria del Padre Pedro Díez, escolapio, parvulista, magnifico docente y generoso asistente social antes de que se reglamentara esta ocupación. De todas formas debemos saber que el Plano oficial de la ciudad, el callejero oficial, marca esa Plaza inmediata al colegio escolapio como la Plaza Pedro Diez. Y no hay más que hablar.

Sólo queda el poner en marcha una suscripción popular para poder hacer una escultura que lo recuerde, allí en la plaza, o un relieve que nos recuerde cómo llevaba a los niños hasta su casa al caer la tarde en esas famosas filas escolapias… El Boletín del Ateneo ya lo pedía en marzo del año 2007. Tres años después ya es hora de tomarnos en serio este asunto y vamos a por ello. En el comienzo de esta operación espero vuestros mensajes sumandoos a esta propuesta para poder ponerla en marcha conjuntamente con los que os parezca necesario hacerla. Espero vuestros mensajes.

Día a día

SANTA EULALIA DE BARCELONA Y LA NIEVE

Y digo de Barcelona, para que todos sepamos que cuando las cosas son verdaderas hay que recalcarlas y aceptarlas, mientras las falsedades merecen nuestra crítica. Pero hoy no hablamos de la Corona de Aragón, hoy recordamos a una santa barcelonesa.

Cuentan las tradiciones más antiguas que el 12 de febrero del año 304, en la entonces colonia de Barcino, hoy ciudad de Barcelona, fue clavada en la cruz una jovencísima muchacha que se había declarado cristiana en plena persecución del salvaje Daciano –cuya memoria confundan los tiempos- en el gobierno del emperador Diocleciano. Pero, sin entrar en la veracidad de este relato martirial, en estos días en que ha vuelto la nieve a posarse sobre los campos de España, es bonito recordar que la leyenda de su muerte nos cuenta que, como estaba clavada desnuda en una cruz en aspa, para preservar su intimidad le crecieron los cabellos y comenzó a nevar copiosamente, de tal manera que una cortina blanca impedía ver la desnudez de esta joven que quizás no hubiera llegado a los quince años cuando murió crucificada. Y mientras los cielos derramaban la nieve, una blanca paloma, la que lleva la iconografía de la santa, salía de su boca hacia el cielo como si fuera el alma.

Ahí está el relato y lo que importa es la hermosa vinculación de la muerte de esta cristiana con la nieve, en una tarde de febrero, cuando los caminos de España estaban recorridos por el miedo y la muerte. Justo en los comienzos del siglo IV de nuestra era, para demostrarnos que la violencia y la brutalidad es patrimonio de todos los tiempos, puesto que quizás erradicarla del todo es la asignatura pendiente de los españoles desde el principio de los tiempos… Felicidades a las Eulalias y felicidades a las mujeres que se llaman Laia, que no es otra cosa que una adaptación de ese nombre de Eulalia que, en el idioma de los clásicos del Egeo, no significa más que “la bien hablada”.

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La Virgen de Lourdes

Mañana día 11 de febrero es la Virgen de Lourdes, la Virgen que se apareció en un pueblecito desconocido, en Francia, a unos niños desconocidos, en el invierno de 1858. Como resultado de todo aquello, el pueblecito ignorado se ha convertido en un símbolo para todo el mundo, en un paisaje de esperanza en el que muchos hombres y mujeres han logrado recuperar la salud… Y todo ello, a la vuelta de la esquina, con un montón de documentos, de textos, de gentes que protagonizaron aquel momento y que han sido contemporáneos de todos nosotros… Lourdes es el símbolo de la fe, de la esperanza, de las palabras escritas no leídas, de los secretos que trascienden al mundo… Y como queda lejos, hoy que recordamos a la Virgen de Lourdes, los que tenemos la dicha de vivir en Zaragoza podemos andar el camino por la calle conde de Aranda hacia el Portillo, a buscar la reproducción de la gruta en esa iglesia que está unida por los siglos a las heroínas de los Sitios de Zaragoza. Contra Francia y con Francia, ese es el juego de sensaciones que recorrerá nuestra mente al llegar al panteón de las que lucharon contra los franceses, justo a la misma iglesia en la que está la capilla-gruta para rezar a la Virgen que se apareció a unos jovencitos y jovencitas franceses…

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DOROTEA, LA PATRONA DE LAS FLORISTERIAS

Hoy es 6 de febrero y el calendario cristiano nos plantea el recuerdo de dos personajes de nombre curiosos como son santa Dorotea y san Amando. Dos nombres singulares de esos que cuando los oyes por la calle se vuelven pocos. Dorotea es una santa martirizada en Roma, exactamente decapitada, que además es la patrona de los floristas por una curiosa leyenda que nos habla del momento de su martirio. Dicen los viejos textos hagiográficos –los que hablan de los santos- que cuando era llevada a su martirio, se encontró con una persona que se le burló invitándole a que le mandara del jardín divino manzanas y rosas. Pero, Teófilo que así se llamaba, no podía esperar que mientras era martirizada un niño le llevara tres rosas y tres manzanas… Todo un reto para hundirle su paganismo y acabar abrazando el cristianismo… Esta santa tuvo especial culto en Roma, donde había un famoso Convento de Santa Dorotea en el que, el año 1597, san José de Calasanz abrió la primera escuela gratuita con la que se inició esa hermosa andadura que hizo posible la Orden de los Padres Escolapios con la que tuve la inmensa suerte de hacer el bachillerato…

Por cierto, no olvidéis felicitar a los que se llaman Amando, puesto que hoy recordamos el aniversario de la muerte del obispo francés san Amando en tierras de Bélgica el año 679, con noventa años y después de convertir a algunos pueblos bárbaros y de construir muchos templos en el corazón de lo que sería Europa.

Felicidades a los Amando y a las Dorotea, a las que hay que regalarles flores sin excusa alguna.

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UN APASIONANTE TRÁNSITO DE MES

El tránsito del mes de enero al de febrero ha constituido un buen momento en mi vida académica, sobre todo por que ha sido el escenario de dos acciones que responden a esas tareas en las que empeño mis días cuando la gestión de la responsabilidad política me deja. Comenzamos el día de san Valero, nuestro patrón de Zaragoza, con la difusión en la serie «Visiones de Aragón», publicadas por el Heraldo de Aragón, de una extensa reflexión sobre Zaragoza y la Corona de Aragón, un texto que habeis podido leer en estas páginas y en el que intento trasmitir tres ideas claves. Primero que este proceso de agresión a nuestra historia aragonesa es un proceso que nace a finales del siglo XIX, cuando desde Cataluña se quiere cambiar el discurso de una historia compartida en igualdad para imponer una historia dominante desde las tierras condales que se diseñan -desde la falsedad histórica- como reales. Segundo que es muy importante enfrentarse a esta agresión con firmeza y desde la autoridad del conocimiento, producto de una amplia formación de nuestros jóvenes y de todos los aragoneses, producto de ese amor que nace cuando conoces las cosas. Y tercero, que ese proceso de concienciación desde el conocimiento y la autoridad de la Historia verdadera tiene que comenzar a imponerse desde Zaragoza, la que ha sido por voluntad de nuestros reyes la capital de Aragón, el escenario de la coronación real, el punto de referencia para un amplio conjunto de territorios gobernados por el Rey de Aragón, configurando una única Corona, la Corona de Aragón. A esta tarea estamos llamados todos y en esta tarea todos debemos trabajar sin pausa y con intensidad. Si nosotros estamos convencidos de quienes somos, podremos defendernos. Y este camino hacia el nuevo mes culminó el día 1 de febrero con el solemne Acto de apertura del curso en la Real Academia de Bellas Artes de San Luis, con asistencia de las primeras autoridades aragonesas como ya era hora que vieramos en la primera institución cultural de la Comunidad fundada en el siglo XVIII, durante la cual pronunció la lección inaugural Marisa Azuara que trazó el recorrido apasionante por sus investigaciones: la vinculación de Colón a los aragoneses y su condición de hijo de una aragonesa. Fue apasionante y su discurso constituye una gran aportación que ha tenido la gran acogida que era de esperar. Con esta publicación de la Real Academia se abre un período apasionante para las investigaciones sobre la figura del Almirante más famoso de la Historia Universal.

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ZARAGOZA Y LA CORONA DE ARAGÓN

A lo largo de los últimos meses hemos vivido un incremento del sentimiento aragonés, coincidente con el descubrimiento de los restos de Pedro III, en el Panteón de Santes Creus, y provocado por el rechazo a las palabras del Consejero de Cultura de la Generalitat catalana, que destrozó en su comparecencia todo lo que han dicho los manuales más importantes de Historia medieval. De aquel suceso se han ido derivando muchas protestas, e incluso propuestas para denominar “Corona de Aragón” al nuevo estadio de fútbol que se construirá en Zaragoza.

También se han incendiado los rescoldos del complicado litigio de los Bienes que la diócesis de Lérida ocultó en un Seminario y acabó encerrando en un Museo diocesano, con el único fin de contribuir a dotar de discurso visual la reivindicación del catalanismo. Desde la creación de la diócesis de Barbastro-Monzón, en 1995, se produce una continuada reclamación de un centenar de piezas, joyas artísticas de constatada titularidad aragonesa, en un proceso que ha provocado incluso la desobediencia de los eclesiásticos catalanes ante el Vaticano, empecinados en no devolver ni una sola pieza.

Y, recientemente, saltó a los medios de comunicación un tercer litigio entre los aragoneses y la ciudad de Barcelona; cuando su alcalde se lanzó a promover las Olimpiadas de Invierno del año 2022, contra la aspiración aragonesa centrada en el eje Jaca-Huesca-Zaragoza; las tres ciudades que fueron sucesivamente capitales del Reino de Aragón. Los ciudadanos mediterráneos se alegraban de que al final hubiera un “proyecto Catalunya”, mientras desde el interior los internautas anunciaban que opinarán “lo contrario a lo que diga Laporta”, seguros de su catalanismo excluyente. Una vez más, volvía a resurgir el intento catalán de asumir la nevada marca “Pirineos”, cuya historia es más aragonesa según el francés Lucien Briet, y que utilizan en cuanto se puede, hasta para dar nombre a alguna estación del AVE con el mismo o incluso menos derecho que Zaragoza.

Estas tres cuestiones nos ponen en alerta de cómo se está consolidando un catalanismo, construido sobre la dimensión del hecho cultural, la creación civilizadora, el prestigio de la Cultura. Y en los tres casos, como ocurre desde hace años, estamos discutiendo sobre ideas y defendiendo bienes, materiales e inmateriales, que se han convertido en pilares de su identidad como pueblo.

Por eso, cuando nos asombra su facilidad en construir un criterio que los cohesione y refuerce, lo primero que debemos entender es que vivieron un proceso que no tuvimos en Aragón, quizás por ser victimas de una nobleza que no quiso apostar por el futuro y que se encerró en las palabras del conde de Sástago: “lo que hace falta en Aragón es gente que labre los campos, gente que sirva a los ricos. Gente que sepa… ¿para qué?”. Cuando este poderoso noble, en 1581, decía que el estudio sólo aumentaba el número de vagos, estaba trazando un equivocado camino que nos llevaría a los aragoneses al fracaso, por no entender que el “ser” ciudadano es sólo una categoría alcanzable en la participación, en el interés por lo colectivo, desde la cultura… Por el nefasto individualismo de la nobleza perdimos el tren de la modernidad y sólo pudimos retomarlo gracias a una burguesía industrial que- en el tránsito del 1900- entendió desde Zaragoza que ese paso había que darlo, pero tres siglos después.

Pero, en ese momento, la sociedad catalana ya vivía un segundo momento de autoafirmación protagonizado por destacados intelectuales de la Iglesia. Como el obispo Messeguer que, en 1893, fundó el Museo Católico de Lérida con obras arrebatadas de los viejos territorios aragoneses –espacio de potente cultura románica y gótica- alegando que eran necesarias para que sus seminaristas aprendieran la importancia de la iglesia catalana en la creación de la cultura medieval. Nada más y nada menos.

Pero, no era una acción aislada. Respondía al pensamiento del obispo Morgades -obispo de Vic, administrador de Solsona y obispo de Barcelona-, que pertenecía a un grupo de intelectuales de la Renaixença, empeñados en la búsqueda de sus raíces, en recuperar el patrimonio artístico catalán y en difundir esa identidad desde espacios como la Exposición Universal de 1888, o por la fundación de museos como el de Vic (1889) y el de Solsona en 1896. No es difícil adivinar que, con estos antecedentes, van a defender estas piezas con uñas y dientes, aunque el derecho nos asista, máxime cuando recientemente han pasado de primar el enfoque cultural sobre el político a todo lo contrario.

Pero, no es menos llamativo el continuado proceso de intentar configurar la sociedad de acuerdo con ese sentimiento historicista que, en el romanticismo, intentó dar cuerpo a una nacionalidad catalana. Me refiero al momento en que nace ese mito de la historiografía contemporánea que –junto con el del “carácter originario” de Castilla que tanto gustaba a Menéndez Pidal- denominaron “Corona catalano-aragonesa” y que, como escribió el recordado profesor Ubieto, era constatación de un cierto complejo de inferioridad proporcionado por “el hecho de no haber existido nunca el reino de Cataluña y si el condado de Barcelona”. Y eso duele mucho, incluso mañana.

Cuando alguien habla de la Corona catalano-aragonesa, además de no usar el término correcto está generando un agravio con la historia compartida por tres grandes territorios: Aragón, Cataluña y Valencia, unidos solamente por la persona del monarca pero empeñados en pervivir juntos hasta el punto que Jaime II, en 1319, dispusiera que nunca se pudieran separar -autorizando a sus súbditos a alzarse contra el rey que faltara a este mandato-, o hasta demostrarse en el Compromiso de Caspe, tal como ha escrito José Luis Corral, que se aceptó lo acordado para mantener la unidad bajo un mismo monarca.

Está equivocado el Conseller catalán y demuestra desconocer lo más básico al hablar de la Corona catalano-aragonesa. No hace falta recordarle que hay documentos escritos “el año cuando el conde de Barcelona tomó mujer a la reina de Aragón” (1151), ni que el rey Fernando II de León firma un tratado de paz (1162) con “Alfonso, por la gracia de Dios, rey de Aragón y conde de Barcelona”. Y es que ese rey también era conde de Barcelona, como heredero de ese Ramón Berenguer IV que fue obsequiado con el título de Príncipe de Aragón para poder casar con la reina Petronila, hija de Ramiro II el Monje, en 1137.

Se nota que tampoco ha leído a algunos autores catalanes como Martí de Riquer que explican que la leyenda de las barras catalanas se inventó después del siglo XVII. Y que desconoce que el origen de su error está en un tendencioso librito del archivero Antonio Bofarull, titulado “La Confederación catalano-aragonesa”, premiado por el Ateneo catalán en 1869. Incluso habrá que explicarle que poco antes, Próspero Bofarull había editado el “Libre del Repartiment del regne de Valencia” ocultando todas las referencias a los aragoneses que habían ido a la conquista de Valencia, razón por la cual mintió al asegurar que esa empresa era catalana ignorando la importante aportación jacetana.

Desde 1856, el año de la puerilidad del archivero empeñado en sentar las bases del mapa de los països catalans, ha pasado más de siglo y medio pero seguimos tolerando con tibieza este intento de manipular la historia, sin empeñarnos en defender la verdad. Debemos aprender de los vecinos y es absolutamente necesario que nos planteemos el problema y que definamos un buen espacio para hacerlo. Quizás la ciudad de Zaragoza, en cuya catedral se coronaba al rey. No en vano decía Pedro IV que “los reyes de Aragón están obligados a recibir la unción en la ciudad de Zaragoza, que es la cabeza del Reino de Aragón, el cual reino es nuestra principal designación y título”.

El único medio de afirmar nuestra identidad es defender lo que conocemos. En consecuencia hay que mejorar la formación de los ciudadanos, potenciar la Sociedad del Conocimiento y lograr que nuestros jóvenes tengan clara la secuencia de nuestro caminar histórico. Hay que conseguir que los aragoneses tengamos un conocimiento de nuestra historia serio, exacto, sin leyendas, sobre el que se asiente el convencimiento de que todos formamos parte de un proyecto común, que a todos nos interesa y del que todos nos beneficiamos. Un conocimiento que podrá tener sus mejores referentes desde Zaragoza, en un escenario urbano con nuestras mejores señas de identidad. El fomento de una cultura propia como valor y como garantía de seguridad, será el motor de la satisfacción y el camino a la innovación permanente.

Por eso, en estos tiempos claves para la construcción de un nuevo mundo que viene a sustituir esa sociedad que se nos ha derrumbado entre las manos, que ha sucumbido en una crisis de pánico ante la pobreza personal y familiar, es necesario que recuperemos el compromiso con nuestro pasado, su defensa y el mantenimiento de los valores que hicieron posibles los mejores momentos de nuestra historia. Sin duda, es bueno que un sentimiento de protesta sacuda a los ciudadanos cuando se intenta manipular su historia. Es bueno que nos sintamos obligados a defender las cosas que son nuestras porque las sentimos nuestras.

El sentimiento de Zaragoza como capital de Aragón, como lo que siempre ha sido desde el siglo XII, debe ser uno de los ejes de vertebración del futuro y un compromiso de generosidad con todos los aragoneses. La cita es ineludible y los deberes los tenemos que acabar antes del año 2018, momento en el que celebraremos el IX Centenario de la conversión de Zaragoza en capital del Reino de Aragón.

Domingo J. Buesa Conde (artículo publicado en Heraldo de Aragón el día 29 de enero de 2010, festividad de san Valero).

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El castellano que se tiró del castillo burgalés

En el enclave de Coruña del Conde, en tierras de Burgos, vivió en el siglo XVIII otro personaje importante para constatar la historia de la aventura de volar. Me refiero a Diego Marín de Aguilera, un pastor que acabó convertido en un inventor de pequeñas cosas que facilitaban los regadíos, los batanes, un sistema para laminar mármol en la cantera de Espejón, los molinos o las cosas de uso diario. Sus largas horas en el campo le permitieron estudiar las águilas y visualizar bien sus vuelos, base sobre la que comenzó a diseñar una máquina para volar, de hierro, alambre y plumas de águila, sobre un armazón de madera.

El herrero que la construyó la hizo con mecanismos para poder mover las alas y la cola; cuestión muy importante para este aventurero que decidió probarla en la noche primaveral del 15 de mayo de 1793, con unos amigos de los que se despidió pues pensaba llegar volando hasta Soria. Y así ocurrió, desde la parte más alta del castillo de su pueblo, este pastor burgalés se lanzó al aire y logró mantenerse volando durante más de 500 metros, tras de los cuales, fue descendiendo con suavidad gracias a las manivelas que controlaban alas y la cola, tal y como ya apuntara después de estrellarse el monje inglés.

Pero el éxito le animó a seguir mejorando el aparato y sus parientes, ayudados por el cura, decidieron destrozarlo para que no pudiera volver a lanzarse al vacío. Y así, a los 44 años murió dicen que de melancolía de verse objeto de burlas y ataques de sus familiares y amigos. Y eso le ocurría a este pastor que había logrado superar con éxito la aventura de volar, y que además conservaba las dos piernas.

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El vuelo de un monje benedictino en el siglo XI

Hablaba de un científico de la corte del emir cordobés que, en la mitad del siglo IX, decidió atarse a un remedo de alas y tirarse al vacío esperando volar. Pero, a pesar de la gravedad del impacto de su cuerpo con el suelo, la noticia de eventos como éste seguirían invitando a los seres humanos a probar inventos con los que surcar el aire.

Un personaje bien interesante en estas tareas es el monje inglés Eilmer de Malmesbury, un benedictino que debió de nacer a fines del siglo X, hacia el año 980, y que cuando tenía treinta años decidió poner en práctica sus estudios sobre matemáticas y astrología. Este monje trabajó en la construcción de unas alas mecánicas, con estructura de madera sujeta a sus brazos, con la que se lanzó desde la torre de su abadía. Fueron unos segundos, pero logró volar unos doscientos metros, antes de acabar por perder el control de su aparato estrellándose en el suelo y –como es habitual en estos aventureros- fracturarse las dos piernas. El abad ya no le dejó continuar con estos experimentos, aunque él entendió que lograría mejorar el vuelo si equipaba a su planeador de una cola. Y en estas cosas ocupó parte de su larga vida, pues sabemos que aunque cojo y con bastón llegó a ver el cometa Halley en el año 1066.

El caso es que este vuelo, ocurrido el año 1010, permanecía en la memoria de la abadía cien años después, cuando un monje llamado Wiliam de Malmesbury lo explica en su historia “De Gestis Regum Anglorum” el año 1125, un siglo después de que este monje intentara recuperar las aventuras de Dédalo e Icaro.

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El musulmán español que soñó con volar en el siglo IX

Hay muchos temas a lo largo de la Historia de la Humanidad que encierran un encanto especial, que atraen mucho aunque son los menos conocidos y divulgados. Uno de ellos habla de ese viejo sueño humano de volar, de esa sensación que muchos hombres y mujeres han sentido durante el sueño nocturno, sin moverse de su cama pero experimentando sensaciones inolvidables.

Y además, esa atracción por quedar suspendido en el aire, luchando contra la gravedad de esta tierra que nos pone escenario al vivir diario, es mucho más antigua de lo que parece y, por ello, es bueno recordar que antes de las experiencias de Leonardo da Vinci, e incluso después, hay algunos significados personajes hispanos que lo intentan. De ellos hablamos.

El primero nos lleva a la persona de Abulqásim Abbás Ibn-Firnas, un hombre nacido en la malagueña Ronda allá por el año 810 y que triunfó como científico y poeta en la corte de Abd al-Rahman II. Cuentan los textos cordobeses que en el año 857 los cordobeses asistieron asustados al espectáculo de un hombre que se tiró de una torre con unas alas de madera recubiertas con seda y con plumas de rapaces. Duró en el aire unos segundos y al final se estrelló contra el suelo, provocándose importantes daños en el cuerpo y especialmente en las dos piernas que se las partió.

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LA TORTILLA DE PATATA

Supongo que puede extrañaros el hecho de que hoy traiga a estas páginas esta referencia culinaria. No penséis que se debe a alucinaciones provocadas por la dieta que me ha dejado en la mitad, ni siquiera a un ataque de frivolidad. Lo hago porque es un buen camino para atajar el sendero de la tristeza que nos inunda cuando mueren amigos y además jóvenes, y además por ser una incursión más en ese campo de la historia que me apasiona y, cada vez más, echo de menos. Bueno, voy a contaros que he leído alguna cosa que respondía a mi curiosidad por saber el origen de la tortilla de patata, tan rica para todos como prohibida para algunos, entre los que estoy yo. Os diré que un científico titular del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, llamado Javier López, publicó hace años y reeditó recientemente un libro titulado ”La patata en España. Historia y Agroecología del Tubérculo Andino”.

Pues bien, en este libro se cuenta que fue en los fogones extremeños de Villanueva de la Serena donde pudo cocinarse la primera tortilla de patata española de la historia. Lo dice un documento escrito por Joseph de Tena Godoy y Malfeyto, del 27 de febrero de 1798, y publicado en el número 85 del “Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los Párrocos”. Todo puede ser, pues explica este investigador del CSIC que Joseph de Tena fue un personaje real en esta comarca de La Serena, pues opositó a una capellanía en la Capilla del Santísimo Cristo de La Inspiración en la iglesia de Villanueva.

Y dicho esto, reitero como decía en el Facebook de hoy, que no obstante las enciclopedias reconocen como primera referencia a la tortilla de patata una cita del «Memorial de la ratonera», dirigido a las Cortes en 1817, en él que se explican las míseras condiciones en las que viven los agricultores navarros de la montaña en comparación con los de la Ribera. En ese memorial se explica que se lucha contra la miseria incluso con «…dos o tres huevos en tortilla para cinco o seis, porque nuestras mujeres la saben hacer grande y gorda con pocos huevos mezclando patatas, atapurres de pan u otra cosa…».

Como puede verse es un tema curioso, así que si quieren ampliar láncense al mundo de Internet y a buscar las referencias que les he dado. Y si no les apetece mejor, así podrán disfrutar de este hermoso paisaje navarro de Tierra Estella o recrear la vista en la iglesia extremeña del pueblo que dejó la más antigua constancia escrita por obra de los curas, párrocos y clérigos que han sido fundamental en el desarrollo y progreso material de este país, pese a quien pese.