Hoy he estado en la basilica catedral de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza y era tal la afluencia de personas que había que moverse por ella con cierta parsimonia. La verdad es que quedaba patente el compromiso y la complicidad de esta ciudad, de esta tierra, con María de Nazaret, con nuestra Virgen del Pilar. Y en este lento discurrir, rodeado de masas de gentes, uno puede ir viendo con más detalle algunas cuestiones a las que en las visitas habituales no pones atención. Iba camino de poderme sentar, cosas de la edad, en los bancos para poder oir la Misa del Mediodía cuando he reparado en un pequeño cartel que, aunque es cierto que conocía y que había visto hace años, no me había causado tanto impacto como el que me ha causado hoy. Explica que en esa pared, junto a parte de las banderas de los estados iberoamericanos que acompañan a la Virgen en el exterior de su Santa Capilla dieciochesca, hay dos bombas que no explotaron, de las que fueron arrojadas contra el templo del Pilar el 3 de agosto de 1936, en esa guerra cruel y fraticida que muchos españoles anónimos, perdidos en los pueblos de España, saludaron alegres para poder dar rienda a su violencia, a su inquina, a su indignidad, unos contra los curas y los otros contra los maestros. Gentes formadas que murieron a manos de vulgares asesinos, de gentes sin dignidad fueran de uno o de otro bando, tuvieran la ideología que tuvieran, puesto que el que mata es asesino lo haga en nombre de lo que lo haga y -aunque algunos antidemocrátas siguen sin entender la frontera entre la razón y la sinrazón, a los dos bandos hay que juzgar con igual dureza en una guerra. Y uno se plantea leyendo este cartel, cómo
pueden lanzarse bombas para destruir el Pilar sin estar mal de la cabeza o sin ser un auténtico e intolerante «bárbaro» en el peor sentido de la palabra. Si no eran creyentes, cosa absolutamente de respetar, tendrían que sentirse herederos de un patrimonio común, cultural y artístico, al que la II República protegió por Ley. Por lo tanto, si eso lo mandaron responsables republicanos lo hicieron incumpliendo la Ley de Patrimonio de la República, magnifica legislación para proteger el legado cultural de todos los españoles. Si eso lo hicieron gentes sin que les dieran orden de ello, antepusieron sus intereses sectarios e inconfesables a los de la nación, a los del pueblo en nombre del cual luchaban… Por lo tanto, y creo que es muy importante que las generaciones futuras lo tengan muy claro, debemos recordar que las barbaries no tienen color, son manifestaciones de incultura, de inseguridad, de odio y de mezquindad. Por eso, hoy quiero condenar al olvido los nombres de los bárbaros que disponiendo esas bombas no atentaban sólo contra un templo cristiano, contra una devoción defendida desde todos los lados, puesto que eran bárbaros atentando contra la historia y el patrimonio del pueblo español y especialmente del pueblo aragonés.