Categoría: Día a día

Día a día

Santiago Sas y Casayau

Aprovecho el momento para compartir con todos vosotros dos pinceladas de estos héroes que fueron asesinados en el Puente de Piedra. El primero es el sacerdote zaragozano Santiago Sas que, en su ámbito parroquial de San Pablo, organizó a sus expensas compañías de escopeteros que destacaron por su brillante actuación en los espacios de mayor peligro. Como recuerdan en la Fundación 2008, este cura fue de familia originaria de Luco de Jiloca, nació en Zaragoza en 1774 y murió en Zaragoza en 1809.

Al producirse el segundo Sitio también estaba en Zaragoza. Al rendirse la ciudad en febrero de 1809, la traición del general francés Lannes, que no respetó lo pactado en la capitulación, hizo que Santiago Sas y el padre Basilio Boggiero fueran asesinados a bayonetazos en el Puente de Piedra la noche del 22 de febrero y arrojados sus cadáveres al Ebro. En el puente de Piedra hay un obelisco dedicado a la memoria del padre Boggiero y de Santiago Sas.

Día a día

El padre Boggiero también debe ser recordado

El otro día, las corporaciones municipales de Zaragoza y de Calatayud asistimos solemnemente al homenaje que se tributó en el Puente de Piedra al Barón de Warsage, con ocasión de los doscientos años de su muerte, formando parte de un hermoso acto en el que oímos al ilustre cronista Verón y se rindieron honores militares a la memoria de aquellos héroes que hicieron posible la gesta de los Sitios de Zaragoza, a los hombres y mujeres que sentaron las bases de la soberanía popular a golpe de sacrificio y de renuncia. Estuvimos todos, con la banda roja que nos significa como representantes de la ciudad, ante la Cruz que recuerda el suceso con una inscripción que dice: «Aquí fueron vilmente asesinados el R.P. Basilio Boggiero y el presbítero M. Santiago Sas. Aquí cayó mortalmente herido el Barón de Warsage. Honor a los héroes y gloria a los mártires. Primer Centenario de los Sitios de 1808 y 1809».

Y desde el convencimiento de que actos así son las verdaderas manifestaciones del compromiso de los pueblos con su memoria histórica, puesto que se construyen desde la tolerancia y la normalidad, hoy quiero hacer una pequeña reflexión en voz alta que viene a ser una defensa de la memoria del padre escolapio Basilio Boggiero, de origen italiano, maestro infatigable y consejero de Palafox, y del cura Santiago Sas, a los cuales se les debía de haber rendido especial tributo en esta ocasión. No se podía estar allí, en la Cruz que testimonia el vil asesinato que cometieron los franceses para castigar a dos defensores abnegados de la ciudad, y dejarlos en el olvido. Y no me parece bien dejar de denunciarlo, porque el padre Boggiero se merece el tributo de esta ciudad por haber sido uno de los que hicieron posible la gesta construyendo ese espacio de compañía con los necesitados, de asistencia con los heridos y de compromiso personal con la ciudad. Creo que se ha perdido una ocasión de oro para hacerlo, una ocasión para recordarlo en este bicentenario junto al cura Sas, muerto también a bayonetazos en el Puente de Piedra y arrojado, como ocurrió con el cuerpo del destacado pedagogo escolapio, a las aguas del río Ebro.

Debo decir que sí los recordó especialmente el arzobispo monseñor Ureña, en la Misa en memoria de los muertos en la contienda zaragozana, celebrada en la Basílica Catedral de Nuestra Señora del Pilar el pasado domingo, razón por la cual debemos darle las gracias y constatar que la memoria de estos dos grandes héroes se mantuvo viva gracias a la palabra cálida y en la oratoria brillante del arzobispo de Zaragoza, que tampoco olvidó a la Madre Rafols.

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Sender, cien años después de nacer

El día 3 de febrero de 1901, hace ciento ocho años, nacía en Chalamera el escritor Ramón J. Sender, una de las figuras más notables del panorama literario del siglo XX y uno de los aragoneses más universales que aprendió lo que era esta tierra en su periplo vital por Alcolea de Cinca, Tauste, Reus, Zaragoza, Alcañíz, Madrid, Marruecos, Rusia, Francia, México y Estados Unidos a donde llega en 1942. Su retorno a España, en 1976, fue una apoteosis y recuerdo la conferencia que pudimos oírle en el Salón del Casino Mercantil de Zaragoza. Muerto el 16 de enero de 1982, en California, después de solicitar la nacionalidad española, Sender nos ha dejado una extensa y magnifica obra en la que las palabras construyen escenarios, relatan dramas y hablan de la vida complicada de esta tierra.

Por eso, es bueno que lo recordemos con cualquier ocasión, por eso es de agradecer al Instituto de Estudios Altoaragoneses que celebre siempre el aniversario de su nacimiento, este año, con una conferencia del historiador de origen irlandés Ian Gibson sobre “Antonio Machado y el exilio español”; en el 70 aniversario de la muerte de Machado y sobre un exilio que también vivió el escritor oscense. Y, como invitación a la lectura, he incluido la imagen de la portada de esa preciosa novela que todo el mundo debería de leer.

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Fernando Alvira

Fernando es un buen amigo, con el que he pasado ratos divertidos en las sesiones de la Real Academia viendo cómo hacía la caricatura de más de alguno de los académicos. Y, además, es un excelente pintor que, desde el año 2000, se volcó en trabajar esa secuencia del paisaje que se nos escapa en un abrir y cerrar de ojos; en trabajar la fugacidad de la visión que está tan acorde con este mundo enloquecido en el que el reloj ya es lento. Esos “paisajes variados”, en los que dicen los críticos que está ausente el detalle pero que la obra sigue siendo figurativa, son los que componen la exposición que inauguró en el Centro Cultural del Matadero el pasado viernes y que, hasta el 15 de marzo, van a permitirnos recrear la velocidad con la que vemos los paisajes.

No se la pueden perder, merece la pena y hay que acercarse a ella con tiempo, precisamente con ese tiempo cuya falta y cuya condición efímera denuncian estas pinturas que son una muestra más del quehacer de uno de nuestros grandes pintores del momento. Como dice Antón Castro, en la presentación de esta apuesta por la creación, “podríamos decir que Fernando Alvira pinta destellos, intuiciones y fuegos, la caliente calma del paisaje, la grama y la araña del sol, la destilación de las sangres del poniente y sus desmayos…”. Enhorabuena al autor y para abrir boca aquí van dos piezas sugerentes, en una de las cuales hasta podrán descubrir ese legendario Salto de Roldán que puebla la mitología de la llanura oscense. Ahora tenemos todos una cita en Huesca.

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La voz de la experiencia

Me llega la revista de MUFACE, correspondiente al mes de febrero, y en ella encuentro un amplio informe sobre lo que titulan “La voz de la experiencia” y que se refiere al notable papel que están jugando los profesores eméritos en nuestra Universidad. El trabajo hace un análisis interesante de la gravedad que supone el que –en muchas parcelas del mundo moderno– se prime la juventud y la inexperiencia sobre todo lo demás. Esta cuestión es doblemente grave en aquellas ocasiones en las que se derivan acciones concretas que determinan cómo se vive el presente y cómo se construye el futuro.

De este informe de Daniel Vila, me parece muy interesante anotar dos ideas. La primera del doctor Juan Díez Nicolás, catedrático de Sociología en la Complutense, que explica su pensamiento afirmando que “La edad no supone fecha de caducidad. En otras palabras, no veo ninguna razón para justificar la jubilación por edad, No hay más límites que la propia capacidad”. Y la segunda es la expresada por el doctor García Olmedo, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular, que explica con dureza su criterio cuando escribe “No comparto el entusiasmo indiscriminado por los jóvenes, muchos de los cuales están ocupando puestos relevantes sin haber demostrado su capacidad”.

Dos ideas que dan mucho que pensar y que nos traen a la mente las imágenes de algunas situaciones más patéticas que otra cosa. Todo ello sin recordar aquella brillante descripción del Nóbel español que contaba el aturdimiento de la mujer mayor por el jovencito sin escrúpulos que –en el fondo y en la superficie– la engaña y que se rodea de él para disimular su propia ancianidad. Y me da igual que el protagonista de esta parodia –que tan bien describieron los clásicos– sea mujer sesentona u hombre mayor. Todo lo cual no quiere decir que los jóvenes no adquieran protagonismo, muy al contrario deben adquirir experiencia pero no a costa de los demás. Y, mientras tanto, descubran las dos caras que encierra el viejo dibujo.

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Cambio la soledad

He leído una hermosa poesía de Beatriz Zuluaga, esa colombiana nacida en 1934, que escribe una poesía cálida y agresiva, y quiero compartirla con vosotros, sobre fondo ansotano, porque en ella se plantea esa sensación de soledad que está inundando a muchas personas en este tiempo.

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Rafael de Miguel en la Real Academia de San Luis

Aragón tiene desde el año 1792 una institución, fundación del rey Carlos IV, que nació con la finalidad de promover y fomentar el estudio y cultivo de las Bellas Artes, destacando entre sus actividades la defensa, conservación y restauración de toda clase de monumentos y obras de arte situadas en el ámbito territorial de la Comunidad Autónoma de Aragón. Con la denominación de San Luis, nombre que le dio el rey de España en honor de su mujer Maria Luisa de Parma, engloba en la actualidad siete secciones en las que se distribuyen los 35 académicos numerarios y los quince delegados en las localidades aragonesas que ostentan históricamente el título de ciudad. Cada año, de acuerdo con la marcha de la nómina de los cincuenta académicos correspondientes, se van cubriendo huecos e ingresando aquellas personas que encierran en su trayectoria profesional los méritos necesarios para ser distinguidos con tal nombramiento. Y eso hemos hecho en la última sesión celebrada el pasado martes, proceder a aprobar –después de todos los filtros que estatutariamente deben pasar- a las personas que –a partir de este año- ocuparán las vacantes de Académico Correspondiente de esta Real Corporación. Y entre ellos hoy quisiera destacar a una de ellas, al Ilmo. Sr. don Rafael de Miguel González, doctor en urbanismo por la Universidad de la Sorbona y doctor en Geografía por la Universidad de Zaragoza.

Este zaragozano de treinta y ocho años, actualmente concejal popular del Ayuntamiento de Zaragoza, es uno de los especialistas en urbanismo contemporáneo español más reconocidos en el mundo de la investigación, e incluso diría de los más respetados como creador de conceptos urbanísticos que hoy aceptan todos los especialistas. Pueden informarse de él tecleando su nombre en un buscador, por eso no voy a hablar más de él, pero si quiero terminar mi reconocimiento y felicitación a este profesor aragonés recordando algo que siempre me ha llamado mucho la atención y que además siempre me ha parecido muy importante, máxime cuando vivimos tiempos en los que abundan los aprovechados y padecemos la lacra de los que negocian con el urbanismo para beneficio suyo. Tiene razón este joven doctor cuando dice que el urbanismo es sobretodo estética pero necesariamente también ética. Ética del buen gestor y estética del buen hacer, una combinación que infunde paz y tranquilidad.

Enhorabuena al señor De Miguel.

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La tarde camino de Fago

Y estando en este valle tan hermoso es bueno andar los caminos, en ese atardecer que ilumina un sol quieto, ese sol que aprovecha sus últimos rayos potenciando la luz reflejado en la nieve que inunda las cunetas de la carretera. Todo invita a recorrerla descubriendo paisajes, valles escondidos, bosques de hayas, abetos y pinos con los caminos cubiertos de ese manto blanco que trae la ventisca de arriba. Y llegamos hasta Fago, pueblo famoso en todos los puntos cardinales por una bárbara tragedia que nunca debió de ocurrir, y observamos como sube el humo desde las chimeneas al cielo, como se confunde ese humo caliente con el monte frío y cubierto de verdes apagados moteados de blanco. Y allí nos recibe el letrero solitario, anunciando un espacio abierto a mil sensaciones… Y oteamos el camino hacia Majones, uno de los últimos pueblos de esta tierra en gozar de la luz eléctrica, y rememoramos la Foz de Biniés con la grandeza de la roca que nos alberga antes de abrirnos al mundo de la llanura que protege el viejo castillo. Y allí está el río Veral de siempre, el de las aguas de azul turquesa con truchas que se defienden ante la agresión del pescador, el río del que hablan los viejos documentos del siglo IX, el de las narraciones de fugitivos y de contrabandistas, el de las mujeres que volvían de hacer alpargatas, el río que da vida a esta tierra mientras baja solemne buscando el Aragón… Y conforme nos vamos de este valle, la tarde se empieza a enrocar en mil nubes de colores que coronan el lugar de Berdún, el pueblo que recuerda a las viejas filas de pueblos celtas caminando hacia el Oeste, el pueblo que vigiló el ir y venir de los ejércitos que invadieron Aragón, el pueblo de los pintores y de los emprendedores. La tarde escasamente se dibuja en la lejana Peña Oroel, pero el día ha marcado imágenes imborrables en nuestro corazón.

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Comprar pan y comer migas en Ansó

Y, aprovechando el viaje, después de disfrutar de esa mañana limpia de cielos azules y de luz envolvente, nos pasamos por probar los mantecados de la panadería de los López, camino de la Iglesia, y acabamos en esa preciosa estancia de la Panadería Mendiara, cargada de historia –a punto de cumplir el año que viene los cien años de vida– y configurada con mil exquisiteces que el padre y sus hijas van describiendo con minuciosa dedicación mientras se nos van los ojos. Y en este despacho de pan de horno y leña, lo bueno es gozar la animada charla con los Mendiara, de disfrutar de su buen hacer y su calidad extraordinaria, de degustar sus dobladillos, sus mermeladas, su pacharán, sus quesos e incluso de batallar con ese pan de hogaza que te quiere vender don Antonio.

Y, tras ello, todo recto a la derecha camino de la Iglesia renacentista para acabar la mañana y prepararse a comer. Por cierto, cuando uno anda buscando en estos largos mediodías de invierno, un sitio donde comer es el Hostal Kimboa, donde es bueno saber que se come bien y que su artífice nos hizo unas migas buenísimas al modo de la tierra que da gusto degustar.

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Un domingo en la villa de Ansó

El domingo pasado me acerqué, con mi familia, a pasar el día en esa preciosa villa de Ansó que hunde sus raíces en el viejo condado aragonés. Pasear sus calles silenciosas, penetrar en esa amplia y misteriosa iglesia que vigila san Pedro, buscar las viejas chimeneas que protegen de todo lo que no se puede ver pero acaso se pueda percibir, atisbar en las medianerías el paisaje nevado de los montes del entorno… Todo ello es como un ritual que nos acerca más a esta cultura pirenaica en la que nos hemos criado. Es como un reencuentro con ese sentimiento aragonés que custodian las gentes del valle, quizás como un tributo obligado a todo lo que define los perfiles de “este país” como dicen por aquí, como recuerdo que siempre decía mi padre cuando se refería a estos paisajes de los valles altoaragoneses.