Hoy les voy a hablar del santo del día, de un religioso peruano que murió el 3 de noviembre de 1639 –dicen que tal como había anunciado- a causa de una simple fiebre y desde su lecho de muerte se convirtió en un símbolo cuando cientos de personas le recortaban trocitos de su hábito
para guardarlo, comenzando por el virrey conde de Chinchón y siguiendo por el arzobispo. Este dominico peruano, que alcanzó los altares canonizado por Juan XXII el año 1962, debemos decir que fue un mulato hijo de un hidalgo español que vivió en Lima y que aprendió el oficio de barbero, desde el que acabó convertido en un buen conocedor de las hierbas medicinales, de los dolores y del curar heridas. Al final, su vocación religiosa le llevó a ingresar en un convento dominico y desde él desarrollar esa labor asistencial que lo convirtió en un símbolo de ayuda pues como decía “la caridad tiene siempre las puertas abiertas”. Este mulato fue fundador de asilos y de orfanatos, fue un hombre que se ha convertido en un símbolo de la asistencia a los demás. Desde luego, está claro que la santidad no entiende de colores de piel; sólo hace falta querer sin límite.