A veces es bueno recuperar el perfil de algunos santos que están custodiados en el escueto mundo de la espiritualidad, traerlos al debate
del mundo moderno porque nos pueden aportar modos de ver el mundo y modos de entender el día a día. Santa Teresa de Lisieux, que lleva como apellido el del lugar en el que muere en 1897 aunque ella había nacido en tierras de Normandía, es una de ellas, una carmelita descalza que apenas vivió 24 años y que tras su muerte, acaecida en medio de un proceso de enfermedad muy doloroso, fue beatificada en 1923 y elevada a los altares en 1927, siendo proclamada patrona de las misiones y Doctor de la Iglesia, título este último que le dio el papa Juan Pablo II en 1997.
María Francisca Teresa Martín Guerin, que ese era su nombre, planteó en su obra la idea de que “La santidad no consiste en ésta o la otra práctica, sino en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños” y apuntó que hablando de espiritualidad hay que tener en cuenta que «La confianza, y nada más que la confianza, es la que debe conducirnos al amor “ de Dios. Su obra, publicada integramente, no es extensa pero es de gran interés, indicando los estudiosos que tiene interés espiritual, teológico y además antropológico. El libro “historia de un Alma” encierra los textos que constituyen sus tres manuscritos autobiográficos.