Día a día

No codiciar el arte aragonés

Hoy domingo, 26 de marzo del año 2006, subo a Roda de Isábena. Vuelvo a uno de esos paisajes en los que te encuentras con la historia de Aragón envolviendo tus paseos, acariciando tus miradas, susurrándote nombres y fechas en esa brisa montañesa que azota nuestros rostros. Vuelvo a los orígenes de esta tierra, respondiendo a la llamada de mi amigo Antonio Torres, presidente del Partido Popular en Huesca, el hombre que está empeñado en defender los derechos de esta tierra altoaragonesa contra las agresiones de los vecinos catalanes, especialmente contra esos vecinos que no creen en la tolerancia, el respeto, la convivencia y la fidelidad a la verdad histórica.

Subo no como político, sino como un historiador que ha dedicado tres décadas de su vida a investigar sobre los orígenes de esta tierra a la que amo con todas mis fuerzas, a la que quiero ser útil, a la que me siento vinculado en el recuerdo de mi padre que me enseñó a vivir a ras de tierra, a compartir los problemas y las esperanzas, a ser uno más. Subo para poner mi palabra con los datos de esta historia de los bienes, que mañana os contaré. Subo ilusionado porque espero que -al final- nos devuelvan esos bienes que son de esta tierra, de la Iglesia aragonesa, del pueblo de Dios que peregrina en esta tierra aragonesa.

Y subo para contribuir a dejar claro que estos bienes los apalancan en la diócesis de Lérida contra la decisión de los tribunales de la Iglesia y en contra del derecho canónico. Que estas obras de arte son los mismos bienes con los que el obispo de Lérida -cuyo nombre ni quiero citar- debería hacer un ejercicio de sometimiento a los mandamientos de la ley de Dios, a esos mandamientos que, en su contenido fundamental, enuncian obligaciones graves. No hace falta recordarle que el décimo mandamiento dice «No codiciarás los bienes ajenos» y volver a explicar esa preciosa historia que nos cuenta el bíblico libro del Éxodo. En el monte Sinaí, mil quinientos años antes de Cristo, después de que el pueblo elegido había salido de Egipto y buscaba una nueva tierra para establecerse, Dios entregó a Moisés el Decálogo, los diez mandamientos esculpidos en dos tablas de piedra para que su pueblo nunca se olvidara de cumplirlos.

No me cabe duda que el obispo de Lérida les explicará a sus feligreses la hermosa historia de los Diez Mandamientos y que él no dejará de recordarles que no tiene sentido su autoridad sin el acatamiento al Papa de Roma. Son cosas de la jerarquía y, en este caso, de sentido común y de coherencia con lo que él es y predica. Que la Cuaresma le de luz a este clérigo ilerdense y que el cumplimiento del derecho canónico traiga a esta tierra las obras litúrgicas que constituyen parte indisoluble del Patrimonio aragonés.

Por eso, en Roda de Isábena, estoy convencido que al final todos recordaremos que nadie puede imponerse sobre los derechos de los demás sin romper el marco democrático, incluidos los obispos y políticos catalanes. Y de eso también saben esas piedras de su catedral que encierran la historia de una diócesis abierta a los vientos de la historia.