En la tarde primaveral del 23 de marzo, lluviosa y gris ante la pereza del cierzo, una docena de personas hemos asistido a ese hermoso encuentro con la voz y la palabra que ofrecía el Ayuntamiento de Zaragoza en el inmenso espacio de un Centro de Historia que no encuentra su perfil más adecuado. Pero hoy no quiero hablar de lo que se hace o, mejor dicho, no se hace con el Centro, sino que quiero dejar testimonio de ese sublime momento en el que hemos escuchado cómo Luis Alberto de Cuenca leía sus propios poemas. No hace falta decir quién es este poeta, filólogo de vocación y gestor reconocido desde alguno de los puestos políticos que ha ocupado. La red está llena de referencias a su importancia poética y repleta de poemas suyos que os permitirán ver como lo sublime convive con lo cotidiano, generando una lírica irónica y elegante.
Hoy ha merecido la pena poder compartir lugar y tiempo con este poeta que siempre ha apostado por la creación como puerta de libertad, desde su gabinete de filólogo hasta su despacho de Secretario de Estado de Cultura. Estoy convencido que ha sido un regalo el poder detener el tiempo en esa voz pausada y firme, construida desde el sentimiento, con la que ha ido desgranando sus sensaciones, sus esperanzas, sus recuerdos. Ha merecido la pena abandonar el ritmo trepidante de la ciudad y acogerse a las viejas paredes del reciclado convento zaragozano. Ha merecido la pena por lo que supone de reciclaje, de optimismo, de humanismo. Ha merecido la pena comprobar que mi buen amigo Luis Alberto sigue siendo una referencia para la poesía española contemporánea, que su pluma y su palabra saben a Libertad. Felicitemos a la concejal Rosa Borraz y a su gente por el acto y vamos entre todos a hacer posible escenarios más poblados para que nuestros mejores poetas nos hablen del futuro leyendo sus poemas del pasado.
Y para concluir mi apunte, recordaros que este poeta ha escrito que “la literatura es el mejor y más divertido de los videojuegos”. Una idea magnífica para trasladarla a nuestros hijos y jóvenes. Y para animaros a hacerlo, os regalo las palabras que componen este poema de Luis Alberto, titulado “el desayuno” y escrito en 1993.
El desayuno
Me gustas cuando dices tonterías,
cuando metes la pata, cuando mientes,
cuando te vas de compras con tu madre
y llego tarde al cine por tu culpa.
Me gustas más cuando es mi cumpleaños
y me cubres de besos y de tartas,
o cuando eres feliz y se te nota,
o cuando eres genial con una frase
que lo resume todo, o cuando ríes
(tu risa es una ducha en el infierno),
o cuando me perdonas un olvido.
Pero aún me gustas más, tanto que casi
no puedo resistir lo que me gustas,
cuando, llena de vida, te despiertas
y lo primero que haces es decirme:
”Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno”.