Sancha, una de las tres hijas de Ramiro I de Aragón, fue un ejemplo claro de lo que significaba un matrimonio de conveniencia con un hombre maduro, al que su padre debía captar para separarlo de la amenaza que constituían los condes del oriente aragonés unidos contra Ramiro. La boda se celebró en este caso con el conde Armengol III de Urgell, que casó con ella en cuartas nupcias cuando la aragonesa tenía dieciocho años de edad. Poco después, cuando esta tenía veinte años, quedó viuda y se dedicó en adelante a colaborar con su hermano, el rey Sancho Ramírez, en la construcción del nuevo y poderoso reino 
aragonés. En concreto, fue una mujer que ayudó a que la política reformista del Papa Gregorio VII se hiciera realidad en Aragón, razón por la cual los papas hablan de ella con afecto en sus cartas a los monarcas pirenaicos. Acabó controlando el núcleo monástico de Santa Cruz de la Serós, donde estaban sus hermanas llamadas Teresa y Urraca, si hacemos caso del testamento de Ramiro I. Al final de una intensa vida, después de hacer de madre para los hijos de Sancho Ramírez que se quedó viudo dos veces, después de educar a los futuros reyes Pedro I y Alfonso el Batallador, la condesa murió en torno al año 1097 y sus sobrinos, monarcas de un Aragón engrandecido gracias a su gestión política, decidieron levantarle un monumento funerario en el que quedara clara la importancia que tuvo esta mujer como símbolo de la nueva monarquía. Y ese monumento es el sepulcro que custodian, desde el siglo XVI, las Benedictinas de Jaca. Y ahora, como curiosidad, vamos a compartir la imagen que allí nos dejó un maestro escultor del Aragón de las primeras décadas del siglo XII. Con todos vosotros la condesa doña Sancha de Aragón, una mujer poderosa y tierna, cruel y fría, que sólo hizo –según decía ella misma- lo que su hermano le mandó.