
Hoy 26 de julio es la fiesta de santa Ana, la esposa de Joaquín, y la madre de María de Nazaret. Estamos hablando de la abuela de Jesús, de un personaje del que conocemos cosas por los Evangelios apócrifos y del que los artistas –desde el medievo- han construido multitud de imágenes. Nacida en Belén, descendiente del rey David, estéril en su matrimonio, elegida por Dios para ser madre de la Virgen… Ana de Belén es un personaje apasionante, discreto, elegantemente ubicado en segundo plano, al que el renacimiento recuperó a partir de esa bonita leyenda que nos habla, siguiendo al Protoevangelio de Santiago, que nos explica cómo Joaquín, esposo de Ana, fue rechazado al llevar su ofrenda al templo por no tener descendencia. Apenado, Joaquín no volvió a su casa, sino que se dirigió a una montaña, donde rogó a Dios que le diera un hijo ayunando durante 40 días y 40 noches; Ana, mientras tanto, lloraba su dolor. Entonces un ángel se les apareció simultáneamente, anunciando que sus ruegos habían sido escuchados y que concebirían un hijo. Ana prometió dedicar al niño al servicio de Dios y cumplidos los nueve meses dio a luz a una niña a la que llamó Miriam (María).

Esta es la historia del nacimiento de María que acabaría siendo la esposa de José el carpintero, la misma que compartirá la pasión de Cristo, la misma que gozará del triunfo junto a su Hijo en el cielo, la misma a la que pueblos, ciudades y naciones han erigido como patrona, la misma que es la patrona de las mujeres trabajadoras, la misma que ha pasado a la iconografía enseñando a leer a María de Nazaret, o sosteniendo en su regazo a la Virgen que lleva en brazos al Niño. Estamos hablando de una tradición que se documenta en el siglo II, de un culto que eclosiona en la Iglesia oriental en el siglo VI que llega a Occidente en el siglo X y que alcanzó su mayor difusión en el siglo XIII, con la “Leyenda Dorada” de Jacobo de la Vorágine.