Tristeza y luto inunda la liturgia que recupera el canto de las lecturas del Antiguo Testamento (que nos recuerda de la Pascua y la liberación judía de la esclavitud de los egipcios); que nos hace escuchar la lectura de la Pasión según el relato de san Juan; y que se centra en la adoración de la Cruz, en la contemplación de ese madero del que –como dicen las escrituras- “pende la salvación del mundo”. Y al final, se apagan los cirios del altar. Se deja el ara vacía, la iglesia se llena de frío y vacío. Todo nos recuerda el momento en el que las mujeres santas y los apóstoles sintieron el frío de la soledad infinita cuando Jesús de Nazaret fue sepultado en la tarde de Jerusalén, cuando el sol se escondía entre las nubes para no contemplar la escena. Y al caer la tarde en nuestra ciudad, la procesión del Santo Entierro poniendo desolación en las calles y plazas de un mundo que sabe que, al final, amanecerá.