Es uno de esos jueves que relucen más que el Sol, pero es un día triste porque en él recordamos la muerte del Señor de la Historia, de Jesús de Nazaret, del Hijo de Dios. Por la mañana ha tenido lugar la Misa Crismal, en la que antaño los obispos bendecían los óleos que se emplearán todo el año en los sacramentos del bautismo y la confirmación, en la extremaunción, en la consagración de obispos… Por la tarde se celebran los Oficios que inician el Triduo Pascual que culminará en la noche del Sábado Santo, con la gran Vigilia Pascual que recuerda y festeja la Resurrección de Cristo. Se lavan los pies –antes a doce ancianos- para recordar que lo más importante para el cristiano es ejercer la caridad, la cercanía, la humildad, el amor. Se celebra una misa en la que se rememora que Cristo instituyó la Sagrada Eucaristía en la Última Cena, y al final se deja el Sagrario abierto y se traslada el Santísimo a un Monumento en el que se velará toda la noche. El altar queda vacío, sin luces, abandonado para recordar que Cristo ha muerto y el silencio se hace señor de la tarde y de la noche, sólo roto por los golpes de los tambores que recuerdan –como en el Gólgota- que la presencia del Espíritu siempre se acompaña por el ruido…