Era hijo del gran monarca Sancho el Mayor de Pamplona, el que denominaban las crónicas como emperador de las Españas, y fue producto de la relación del monarca con una noble dama, llamada Sancha de Aibar, perteneciente a una poderosa familia con la que el joven rey (de quince años de edad saliendo de una minoría llena de problemas con los nobles) contó siempre desde esta vinculación tan singular, por otro lado no extraña al siglo XI en el que nos encontramos.
Nacido en el año 1020, su padre lo tuvo siempre en gran estima y muestra de ello es que le encomendó el gobierno del territorio del antiguo Condado de Aragón al que elevó a categoría de reino, al igual que hacia a su hijo Rey de ese naciente estado que se creaba (por su testamento) a su muerte en octubre de 1035. Un año después, casaba con una persona muy influyente: con Ermesinda de Bigorra, hija del conde de Carcasona y de la condesa de Bigorra, que era hermana de la reina Estefanía de Navarra y sobrina de la condesa Ermesinda de Barcelona, en cuya corte había sido educada y criada Ermesinda de Aragón.
Desde su llegada al trono, en 1035, trabajó fundamentalmente en captarse la fidelidad de los clanes que vivían y controlaban la explotación del territorio aragonés, así como la fidelidad de los campesinos a los que el rey veía en sus continuados viajes por los pueblos y monasterios del reino. Un reino en el que tuvo que atender tres formas diferentes de entender el mundo: la de las montañas con un poblamiento desordenado y concentrado en los ríos, especialmente en el Aragón. A este país montañoso, pobre, se añadían las llanuras cerealistas, especialmente la de las Cinco Villas, en las que también se ensayaba –como en las de las llanuras pirenaicas-, el cultivo de viñas porque era de lo más rentable. Y, por último, el espacio de la frontera con el Islám que se convertía en una peligrosa gran zona de colonización. En este conjunto de tierras vive una población que tiene que hacer frente a un proceso de calentamiento del clima, que se plasma en temperaturas muy calurosas y grandes aguaceros de rápida evaporación.
Con todos ellos, el rey Ramiro acometió la empresa de crear un sentimiento de unidad con la corona real, de crear una empresa común en la que todos se vieran representados y que se plasmaba en ampliar sus esfuerzos para conquistar nuevas tierras, que les permitieran mejorar la alimentación y mejorar la calidad de vida. Después de intentar frenar las apetencias de su hermano, el rey de Pamplona, de recibir la herencia del asesinado rey de Sobrabe-Ribagorza (su otro hermano Gonzalo); Ramiro I –veintiún años después de ser nombrado rey– planificó la gran primera acción guerrera contra los musulmanes, la conquista de la Sotonera con la complicidad de algunos mozárabes que fueron castigados duramente por los musulmanes en plazas como Bolea.
Pero, después de esa operación, vio que el peligro real estaba en el Oriente y en las alianzas de los condes catalanes que allí vivían, razón por la cual decidió entrar en ese escenario justificándolo como una gran ofensiva contra las Taifas musulmanas, de Lérida en la Baja Ribagorza y contra la de Zaragoza en el Somontano de Barbastro, a partir de 1058. Para ello, Ramiro I decidió casar a su hijo Sancho Ramírez con Isabel de Urgel y a su hija Sancha con Ermengol III de Urgel. Con ello, intentaba frenar a su rival el conde de Barcelona y ajustar el pacto con el conde Ermengol, que se convirtió en yerno del aragonés. En 1062 conquistó Benabarre y el 8 de marzo de 1064 (ayer hicieron 946 años) fue asesinado en el asedio de Graus, luchando contra los ejércitos de la taifa zaragozana ayudados por los castellanos. A su muerte, por sorpresa, la sucesión estaba garantizada en la persona de su hijo Sancho Ramírez (quien, tal día como hoy -en el año 1071-, cambió la liturgia hispana o mozárabe por la liturgia romana en la iglesia aragonesa) porque todos entendían que el futuro de ese conjunto de tierras y de gentes estaba vinculado a la voluntad de una familia, la familia de los que pronto serían conocidos como los Aragón.