Ideas & Propuestas

El enigma de Santiago de Agüero

Hace muchos años ofrecí al lugar de Agüero uno de los folletos que IberCaja dedicaba a los lugares y enclaves más importantes de Aragón, un folleto en el que hablaba de ese pueblo colgado en la montaña y lleno de historia y de arte. Pero, de manera muy especial, tengo que reconocer que la mayoría de sus páginas las dediqué a un monumento que siempre me ha llamado mucho la atención: al templo de Santiago de Agüero, a lo que las gentes del lugar siempre han conocido como la ermita de Santiago. Desde su peculiar ubicación, atalaya de campos de olivos y de llanuras que sueñan el valle del Ebro, este templo conserva entre sus piedras uno de los secretos más atractivos de ese lejano siglo XII.

Y hablo de secreto porque ignoramos, y el templo no nos lo explica, la causa por la que se quedó en una hermosa ermita lo que iba a ser un gran templo de planta basilical, con tres naves culminadas en tres hermosos y plásticos ábsides. A veces, me ha parecido que en sus paredes y en lo que nunca se hizo está la historia de San Juan de la Peña, de un monasterio que decidió construir este gran templo para acercarse a los centros de decisión política de ese momento. Bien es cierto que algo tenían que hacer, puesto que metidos en la roca, mirando hacia los Pirineos, de espaldas al sur, alejados de Huesca y de Zaragoza, al margen de los nuevos caminos de desarrollo económico de la llanura oscense…, poco podían resistir y –de manera especial- poco podían mantener el poder que los reyes anteriores le habían dado, con su presencia y con su magnificencia. Pero ya no subían, quedaba a desmano, y por eso ya no hacían grandes concesiones… Era necesario acercar el espacio monástico de referencias, construir un nuevo monasterio en la llanura oscense. Y ese debe ser el origen de Santiago de Agüero, pero el origen y el final puesto que el monasterio se arruinó –por mala gestión de un abad suyo y porque se metieron en más gastos de los que podían- y debieron suspender su proyecto de acercarse al centro político de Huesca.

Visitarlo es una gozada porque en el podemos ver lo que queramos ver, algunas escenas maravillosas congeladas en el tiempo de la piedra de sus capiteles, marcas de cantero y algunas palabras que nos sugieren otras tantas cosas. Como es palabra ANOLL que, el amigo García Omedes, entiende que puede ser el nombre de ese genial constructor que puso su firma en algunos sillares del zócalo norte… Es visita obligada para acercarnos al Aragón de la segunda mitad del siglo XII, para sentir los espacios del románico del reino de Alfonso el Batallador o de Ramiro II, incluso para mirar con detalle esa cabeza real que algunos dicen que es la de Pedro I, recuerdo de su reina doña Berta que gobernó este Reino de los Mallos, y que para otros es la de Ramiro II, aunque quizás no sea la de ninguno de los dos, o incluso de Pedro de Bearne… En todo caso no lo echen en saco roto y si no quieren conducir apúntense a la excursión que el domingo 21 de febrero, a la vuelta de la esquina, organiza el Instituto de Estudios Altoaragoneses que dirige y muy bien mi amigo el doctor don Fernando Alvira. Precisamente el leer la invitación a esa atractiva excursión me ha provocado estas líneas que no quieren ser más que un recuerdo especial para un monumento espacial de una tierra especial. El Reino de los Mallos, en el Aragón románico, en el mandato de la Casa de Aragón.