En el enclave de Coruña del Conde, en tierras de Burgos, vivió en el siglo XVIII otro personaje importante para constatar la historia de la aventura de volar. Me refiero a Diego Marín de Aguilera, un pastor que acabó convertido en un inventor de pequeñas cosas que facilitaban los regadíos, los batanes, un sistema para laminar mármol en la cantera de Espejón, los molinos o las cosas de uso diario. Sus largas horas en el campo le permitieron estudiar las águilas y visualizar bien sus vuelos, base sobre la que comenzó a diseñar una máquina para volar, de hierro, alambre y plumas de águila, sobre un armazón de madera.
El herrero que la construyó la hizo con mecanismos para poder mover las alas y la cola; cuestión muy importante para este aventurero que decidió probarla en la noche primaveral del 15 de mayo de 1793, con unos amigos de los que se despidió pues pensaba llegar volando hasta Soria. Y así ocurrió, desde la parte más alta del castillo de su pueblo, este pastor burgalés se lanzó al aire y logró mantenerse volando durante más de 500 metros, tras de los cuales, fue descendiendo con suavidad gracias a las manivelas que controlaban alas y la cola, tal y como ya apuntara después de estrellarse el monje inglés.
Pero el éxito le animó a seguir mejorando el aparato y sus parientes, ayudados por el cura, decidieron destrozarlo para que no pudiera volver a lanzarse al vacío. Y así, a los 44 años murió dicen que de melancolía de verse objeto de burlas y ataques de sus familiares y amigos. Y eso le ocurría a este pastor que había logrado superar con éxito la aventura de volar, y que además conservaba las dos piernas.