Hoy domingo, 13 de diciembre, la Iglesia celebra la fiesta de Santa Lucía, esa santa a la que los artistas han representado llevando en la mano derecha la palma del martirio y en la izquierda sus ojos, esos ojos que le fueron arrancados y que la convirtieron en la patrona y cuidadora de la vista.
Cuando era estudiante en el Instituto de Sabiñánigo, allá por el final de la década de 1950, recuerdo que una profesora –que luego resultó una importantísimo pintora de nombre Mari Cruz Sarvisé– nos llevaba a pintar a un altozano desde el que contemplábamos la ermita de santa Lucía recortándose sobre los montes pirenaicos; una ermita de 1701 que sería reconstruida años después de dibujarla nosotros. Y siempre nos preguntábamos quién era aquella santa que daba nombre a la encalada ermita que vigilaba los caminos del río Aurín, el río del Oro. Y, por eso, nos enteramos que era un mujer nacida en la italiana Siracusa, de padres nobles, que quiso consagrar su vida a Dios y que eso le llevó a padecer las iras de un joven que pretendía casarse con ella. Como no lo logró, la denunció como cristiana y la joven murió en la persecución de los cristianos a principios del siglo IV. En el medievo fue considerada como protectora de la vista y como tal se la tenía seguramente, aparte de las leyendas que cuentan como recobró la vista después de que un tirano le arrancara los ojos, por su nombre que significa luz.
Leyendas aparte, hoy sabemos que existió puesto que la arqueología sacó –el año 1894- a la luz una inscripción sepulcral con su nombre en la catacumbas de Siracusa. Hoy pervive en el culto, en la imaginería y en muchas mujeres que fueron bautizadas con este hermoso nombre. Mujeres que hoy celebran su santo y a las que felicito, especialmente si me lo permiten a una hermosa niña de Zaragoza llamada Lucía Bernal.