Me llega la revista de MUFACE, correspondiente al mes de febrero, y en ella encuentro un amplio informe sobre lo que titulan “La voz de la experiencia” y que se refiere al notable papel que están jugando los profesores eméritos en nuestra Universidad. El trabajo hace un análisis interesante de la gravedad que supone el que –en muchas parcelas del mundo moderno– se prime la juventud y la inexperiencia sobre todo lo demás. Esta cuestión es doblemente grave en aquellas ocasiones en las que se derivan acciones concretas que determinan cómo se vive el presente y cómo se construye el futuro.
De este informe de Daniel Vila, me parece muy interesante anotar dos ideas. La primera del doctor Juan Díez Nicolás, catedrático de Sociología en la Complutense, que explica su pensamiento afirmando que “La edad no supone fecha de caducidad. En otras palabras, no veo ninguna razón para justificar la jubilación por edad, No hay más límites que la propia capacidad”. Y la segunda es la expresada por el doctor García Olmedo, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular, que explica con dureza su criterio cuando escribe “No comparto el entusiasmo indiscriminado por los jóvenes, muchos de los cuales están ocupando puestos relevantes sin haber demostrado su capacidad”.
Dos ideas que dan mucho que pensar y que nos traen a la mente las imágenes de algunas situaciones más patéticas que otra cosa. Todo ello sin recordar aquella brillante descripción del Nóbel español que contaba el aturdimiento de la mujer mayor por el jovencito sin escrúpulos que –en el fondo y en la superficie– la engaña y que se rodea de él para disimular su propia ancianidad. Y me da igual que el protagonista de esta parodia –que tan bien describieron los clásicos– sea mujer sesentona u hombre mayor. Todo lo cual no quiere decir que los jóvenes no adquieran protagonismo, muy al contrario deben adquirir experiencia pero no a costa de los demás. Y, mientras tanto, descubran las dos caras que encierra el viejo dibujo.