Día a día

La tarde camino de Fago

Y estando en este valle tan hermoso es bueno andar los caminos, en ese atardecer que ilumina un sol quieto, ese sol que aprovecha sus últimos rayos potenciando la luz reflejado en la nieve que inunda las cunetas de la carretera. Todo invita a recorrerla descubriendo paisajes, valles escondidos, bosques de hayas, abetos y pinos con los caminos cubiertos de ese manto blanco que trae la ventisca de arriba. Y llegamos hasta Fago, pueblo famoso en todos los puntos cardinales por una bárbara tragedia que nunca debió de ocurrir, y observamos como sube el humo desde las chimeneas al cielo, como se confunde ese humo caliente con el monte frío y cubierto de verdes apagados moteados de blanco. Y allí nos recibe el letrero solitario, anunciando un espacio abierto a mil sensaciones… Y oteamos el camino hacia Majones, uno de los últimos pueblos de esta tierra en gozar de la luz eléctrica, y rememoramos la Foz de Biniés con la grandeza de la roca que nos alberga antes de abrirnos al mundo de la llanura que protege el viejo castillo. Y allí está el río Veral de siempre, el de las aguas de azul turquesa con truchas que se defienden ante la agresión del pescador, el río del que hablan los viejos documentos del siglo IX, el de las narraciones de fugitivos y de contrabandistas, el de las mujeres que volvían de hacer alpargatas, el río que da vida a esta tierra mientras baja solemne buscando el Aragón… Y conforme nos vamos de este valle, la tarde se empieza a enrocar en mil nubes de colores que coronan el lugar de Berdún, el pueblo que recuerda a las viejas filas de pueblos celtas caminando hacia el Oeste, el pueblo que vigiló el ir y venir de los ejércitos que invadieron Aragón, el pueblo de los pintores y de los emprendedores. La tarde escasamente se dibuja en la lejana Peña Oroel, pero el día ha marcado imágenes imborrables en nuestro corazón.