Y, aprovechando el viaje, después de disfrutar de esa mañana limpia de cielos azules y de luz envolvente, nos pasamos por probar los mantecados de la panadería de los López, camino de la Iglesia, y acabamos en esa preciosa estancia de la Panadería Mendiara, cargada de historia –a punto de cumplir el año que viene los cien años de vida– y configurada con mil exquisiteces que el padre y sus hijas van describiendo con minuciosa dedicación mientras se nos van los ojos. Y en este despacho de pan de horno y leña, lo bueno es gozar la animada charla con los Mendiara, de disfrutar de su buen hacer y su calidad extraordinaria, de degustar sus dobladillos, sus mermeladas, su pacharán, sus quesos e incluso de batallar con ese pan de hogaza que te quiere vender don Antonio.
Y, tras ello, todo recto a la derecha camino de la Iglesia renacentista para acabar la mañana y prepararse a comer. Por cierto, cuando uno anda buscando en estos largos mediodías de invierno, un sitio donde comer es el Hostal Kimboa, donde es bueno saber que se come bien y que su artífice nos hizo unas migas buenísimas al modo de la tierra que da gusto degustar.