El domingo pasado me acerqué, con mi familia, a pasar el día en esa preciosa villa de Ansó que hunde sus raíces en el viejo condado aragonés. Pasear sus calles silenciosas, penetrar en esa amplia y misteriosa iglesia que vigila san Pedro, buscar las viejas chimeneas que protegen de todo lo que no se puede ver pero acaso se pueda percibir, atisbar en las medianerías el paisaje nevado de los montes del entorno… Todo ello es como un ritual que nos acerca más a esta cultura pirenaica en la que nos hemos criado. Es como un reencuentro con ese sentimiento aragonés que custodian las gentes del valle, quizás como un tributo obligado a todo lo que define los perfiles de “este país” como dicen por aquí, como recuerdo que siempre decía mi padre cuando se refería a estos paisajes de los valles altoaragoneses.
