En este comienzo de diciembre se ha cumplido un año de la muerte de este importante musicólogo y profesor de la Universidad Complutense de Madrid, al que ustedes conocerán como Luis Iberni, que tal era su nombre de guerra en estas lides de la crítica musical -que realizó con precisión desde sus importantes colaboraciones en la prensa nacional- y en los afanes de la importante gestión cultural que le hizo convertir a Oviedo en un espacio de referencia musical. Hasta tal grado lo logró que su alcalde decía que “sin él, la ciudad no sería hoy la capital musical que es”, mientras el diario “La Nueva España” de Oviedo despedía a este zaragozano diciendo que “Se va una de las inteligencias musicales españolas, pero también un hombre generoso y un maestro querido por los alumnos” y anunciaba que la ciudad asturiana había decidido que las Jornadas internacionales de piano pasarán a llamarse «Luis G. Iberni».
Me ha parecido justo recordarle en su aniversario, un año después de su viaje a la libertad y a la paz. Justo cuando en Oviedo siguen cuidando y mucho su memoria, justo cuando sus obras siguen siendo punto de referencia para conocer la música del siglo XIX, a Pablo Sarasate o a Ruperto Chapí, ese compositor al que le dedicó su importante tesis doctoral, un trabajo puntero en esa intensa actividad universitaria desarrollada en sus cuarenta y tres años de vida. Pero, Luis Iberni, Luis Miguel, Luismi para los amigos, también tiene historia zaragozana y hay muchos programas del Auditorio que tienen sus textos introductorias, muchos momentos suyos vinculados a la calle de San Vicente de Paúl, e incluso hay gentes que le recordamos como alumno. Miguel Ángel Tapia le dio clases de música en el campo del piano y yo mismo lo tuve como destacado alumno en mis clases de Historia, en el Instituto Pedro de Luna. Aunque quizás, lo recuerdo con más nitidez por haber trabajado en ese grupo de investigación con el que ordené el Archivo Diocesano de Jaca, durante los fines de semana de varios años, junto a otros compañeros suyos que hoy son en su mayoría reconocidos historiadores y notables directores de archivo.
Pero, por encima de los recuerdos que nos lo traen como un buen alumno, debemos recordarlo como un zaragozano que triunfó en el difícil mundo de la Musicología y que ha logrado que su nombre siga vivo tras su muerte. Como decía una profesora de musicología de Oviedo, Celsa Alonso, Luis era “personal y profesionalmente rico en matices y en contrastes: mediático pero sencillo, pragmático y soñador, desordenado pero muy trabajador, un erudito con aspecto informal, mundano y castizo”, que imprimió huella en muchísimas personas como crítico, gestor, profesor e investigador. Sobran motivos. Zaragoza le debe el homenaje a su memoria, porque su biografía ya ha quedado fijada para siempre en el Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana.