Día a día

Algunos amigos que se han ido en este otoño: Raquel Noguera, el padre Valero y José María Royo Sinués

El otro día compartía con vosotros mis sentimientos de tristeza al despedir a ese gran zaragozano que se llama Domingo Figueras, y utilizo el tiempo de presente, digo que se llama porque sólo les vence la muerte cuando abandonamos a nuestros muertos en manos del olvido. Hoy, quiero traer algunas despedidas más, las de esas personas que se han ido a la eternidad en este mes de noviembre, en este mes que recibe al frío viento en esos amaneceres que iluminan los recoletos cementerios de nuestras tierras altoaragonesas, de esos cementerios que miran altivamente al cielo desde la altura; que vigilan en silencio a una tierra que, abajo en el valle, a sus pies que se va cubriendo de hojas llenas de color que vuelven a la tierra. Con esta imagen del cementerio que custodia la memoria de los hombres y mujeres que han vivido en tierras de Oliván, allá en el Serrablo, quiero rendirles un homenaje sincero a tres buenos amigos, con los que he tenido la suerte de compartir horas de una vida apasionante, a tres buenos amigos en los que simbolizo a otros muchos que seguro que me dejaré. A tres amigos que se han ido en muy pocos días.

Primero a Raquel Noguera, una mujer de empuje y siempre ávida de aprender, de estudiar la vida, de compartir el pensamiento mirando la centenaria carretera de Aurín, que ya camina por el cielo del Serrablo, por encima de esas pequeñas iglesias románicas que tantas veces visitamos. Después quiero recordar al padre Antonio Valero, que seguro que recorre los senderos del sentimiento entre Barbastro y Peralta de la Sal, cuya entrañable imagen me recuerda los tiempos en los que comenzábamos a estudiar el bachillerato, cuando comprábamos los cuadernos de examen en los escolapios de Zaragoza. Y al final, quiero pensar que José María Royo Sinués ya está hablando con los escultores que labraron esa maravilla del patio de la Infanta, ese testimonio en piedra de la conveniencia de que el banquero zaragozano se casara en esa fecha porque los astros lo aconsejaban. Su libro ha cerrado las tapas y María Pilar, una auténtica señora, seguro que irá ordenando las últimas fichas de esa pasión por investigar que tenía este lector empedernido.

Y, con ellos, recordemos todos a muchos de los nuestros que han pasado la línea del silencio donde dicen los poetas que quizás sólo exista la sonrisa y la paz. Y no me preguntes la razón por la que abro esta ventana al recuerdo, seguramente es este noviembre funerario y luminoso. Pero, al final, hay que recordar lo que decía Amado Nervo en su poema “Oda a la Vida”:

“… Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”