Día a día

Manuel Giménez Abad, presidente y amigo

Yo sé que para muchos aragoneses hoy es un día triste, que hoy es un día en el que nos gustaría que la niebla cubriera nuestros valles para que la belleza de sus paisajes no pudiera inundar nuestras retinas. Pero, también, sé que hoy es un día de aniversarios en blanco y negro, de ésos en los que nace del alma rota la búsqueda de la esperanza de la alegría. Esa alegría que hace unas horas rompía la mañana de la Calle Mayor de Jaca, esa alegría del canto del pájaro en las orillas del viejo camino jacobeo de Mocorones, esa alegría que acabas descubriendo que es el último regalo de los amigos que se han ido.

Por eso, aunque no puedo evitar que las lágrimas se me cuelen por las mejillas, buscando una explicación a lo que ni siquiera es razonable, quiero serenarme, recoger esa paz milenaria que destila el fluir del río Aragón, para recomponer esa presencia del amigo que se nos fue, que nos lo robaron a tiros unos mal nacidos que no merecen más que el desprecio. Y quiero sonreír porque estoy seguro que a él, acurrucado al amparo del monte Oroel, le gustaría vernos felices porque su paz, su sosiego, su bondad, no permitía la tristeza. Tiene razón Josémari cuando dice que Manuel Giménez Abad continúa con nosotros, puesto que su ejemplo es la fragua en la que muchas veces forjamos el destino político popular, su cálida sonrisa sigue enseñándonos el camino en los momentos de mayor desánimo. Y, desde la eternidad, estoy seguro que sigue enamorado de Aragón, empeñado en que cada mañana sea mejor para su familia, para su partido, para sus amigos, para todos los aragoneses.

Y por todo lo que te debemos, por todo lo que te queremos, hoy no podría pasar sin compartir contigo estas líneas y sin hacerte el regalo de estas postales de la Peña Oroel que nos ha acompañado tantos inviernos de nieves con pasamontañas y tantas primaveras de espigas meciendo los vientos de santa Orosia. Manolo, ya ves que Jaca está preciosa y que Aragón –seis años después– te necesita más que nunca.