Ahora que han pasado unos días y todos hemos vuelto a la frenética actividad diaria, me apetece hacer un pequeño balance de estas jornadas en las que hemos practicado algo tan importante como la cercanía, el encuentro, la sonrisa. Las fiestas en esta tierra, celebradas después de que los graneros estaban llenos para asegurar la comida del invierno, siempre han sido un espacio de convivencia y de tolerancia. Por eso, me gusta vivirlas en la calle, buscando la complicidad de los encuentros, de las sonrisas, de las miradas… con todos esos amigos y amigas con los que no puedes festejar el tiempo libre el resto del año.
He podido disfrutar de ese momento de la Ofrenda de Flores, llevando ese ramo como concejal de esta ciudad a la que quiero con todo el alma, y peregrinando con un Rosario de Cristal que es un ejemplo de Bien Cultural inmaterial. He reído las gracias de esos artistas que se han acercado a la Carpa de Moret, una carpa en la que Luis Pardos lucha heroicamente por mantener ese divertido y atrayente mundo de la revista. He recordado el ayer con las canciones de María Jesús -a la que tuve el honor de poner el cachirulo gracias a ese empeño que tiene Corita por hacernos participar de sus brillantes actuaciones- y he revivido la juventud con esas letras de Serrat que nos hicieron soñar con el Mediterráneo o con las procesiones del Sacromonte…
El Auditorio sigue siendo el gran lujo de esta ciudad, un lujo de programación que hace con acierto el maestro Tapia y un lujo de oferta en la que también tienen cabida los fados portugueses que nos regaló la voz de Dulce Pontes, y ese recuerdo de algo tan nuestro en el Gran Concierto de Zarzuela que hicieron ese puñado de zaragozanos con Sánchez Jericó. Y en la calle, en ese Paseo de la Independencia que estaba que explotaba, pude oír las canciones de Ana Torroja y luego -en la paz de la trastienda del escenario- incluso hablar con ella, disfrutar de un momento único y compartir una foto con ella que me llenó de ilusión. Y, como no, estuve viendo Cabaret en el Principal, un gran espectáculo que nos hizo sonreir y pensar.
Brindamos, mi mujer y yo, con los amigos en la Fiesta de la Cerveza que organiza el Parque de Atracciones, probamos los dulces aragoneses de la feria de la Artesanía de la Plaza de los Sitios, compartimos sobremesa con las mujeres de AMFAR haciendo un festival aragonés para los enfermos de esclerosis múltiple, y supimos lo rica que es la gastronomía española en la visita a las Casas Regionales, una visita inolvidable por la cortesía de sus gentes y la riqueza de sus productos.
¿Qué más se puede pedir a unas fiestas bendecidas por el cielo con el buen tiempo? Poca cosa. Objetivo cumplido y vivido desde el momento del pregón de Amaral -viendo la plaza del Pilar a rebosar- hasta los fuegos artificiales que marcaron el final de fiestas y que se reflejaban en los árboles de Helios, haciendo brillos de cinco colores en la noche del punto y seguido. Las hojas que adquirían brillos de colores ya se difuminan en el recuerdo. Ya estamos en la normalidad, pero estamos contentos por haber podido ser parte de esas fiestas en honor de Nuestra Señora del Pilar.