Hace dos años publicaba en mi querido «Diario del Alto Aragón», en el que volveré a escribir después de unos meses de abandono por causa de mi enfermedad, un artículo en el extraordinario del día de San Jorge. Hoy continúa teniendo vigencia y quiero recordarlo justamente en el mismo día en el que los aragoneses celebramos su fiesta, en el día en el que recuperamos importantes parcelas de nuestra historia en las que nuestros antepasados quisieron ver actuar la mano divina a través de san Jorge, de ese brillante soldado que les ayudó en tantas batallas desde la conquista de Huesca en el siglo XI hasta la de Valencia en el siglo XIII. Así que sin más preámbulos aquí tenéis aquella reflexión:
He escrito muchas veces sobre la historia de este santo tan aragonés como universal, que no me encuentro con ganas de hacerlo sólo para reiterarles una relación de noticias que hablan de cómo este soldado de Capadocia se ha convertido en un referente de esta tierra que se llama Aragón. Pero, sin embargo, nos obliga a retomar el asunto la lealtad que debemos los aragoneses a nuestra historia. Porque, hoy, nos invitan a recordar estas noticias documentadas episodios que nos ha tocado vivir con la historia de unas obras de arte que no nos quieren devolver, contra el mismo derecho que sus captores alegaron, o con las patéticas reflexiones de un consejero catalán so
bre Pedro III de Aragón, que ahora no sabemos si se refiere a Pedro II en la obediencia de la Generalitat o acaso Pedro I en la obediencia de El Palmar.
Bromas aparte, está claro que estamos en tiempos de comprometerse con la defensa de lo nuestro, de comprometerse con este proyecto común que tiene un nombre que hunde sus raíces en el siglo IX desde el nacimiento del condado; que se presenta como uno de los estados vertebradores de la Europa del románico –en el siglo XI- desde el Reino de Aragón; y que se proyecta al mundo con la Corona de Aragón, un proyecto de consenso construido por los reyes aragoneses nacidos en el entorno de la Huesca del siglo XII. Es, como vemos, un largo recorrido que está plena y solidamente documentado, aunque no faltan versiones partidistas hechas por sicarios al servicio del poder, como aquel archivero catalán que se inventó lo de la Corona catalanoaragonesa para tener la relevancia que no le dieron sus investigaciones.
Y para seguir afirmando la necesidad actual de defender lo aragonés, es bueno que nos fijemos en la mítica estela de san Jorge en la página oficial de la Generalitat de Cataluña. En ella se le vincula sólo a Capadocia, silenciando todas las referencias históricas aragonesas salvo anotar que las cortes catalanas lo declararon “patrón de Cataluña”, para concluir diciendo que se celebra en otras partes del mundo, excluido Aragón. Una vez más, nos enfrentamos a la tragedia de aquellos que necesitan estar construyendo su historia desde la mentira, porque en el fondo padecen un evidente complejo de inferioridad, tal como decía el profesor Antonio Ubieto. Mentiras a real el kilo, porque este santo, en la página dedicada a las tradiciones catalanas, está vinculado a la comarca del Ripollés, donde tienen el atrevimiento de decir que se inicia su culto en el siglo X, para ir después a estar en la conquista de Baleares y en la de Barcelona… Para concluir diciendo “años más tarde su culto llegó a los limites del Aragón”. Para estos autores catalanes, el problema es quizás que san Jorge no les llamó al móvil cuando estuvo en Huesca y no se enteraron.
No obstante, dicen los libros que su historia arrancaba en los campos de Alcoraz, en plena conquista de Huesca el año 1096, cuando apareció “con armas blancas y resplandecientes” en ayuda de las tropas aragonesas del rey Pedro I. Era el comienzo de una larga convivencia, de múltiples encuentros siempre que Aragón lo necesitara, como ocurrió cuando Pedro IV inicia la marcha contra Castilla y ordena a sus soldados que portasen “señeras con la señal de san Jorge”. Y, al final, fue convertido en Patrón del reino por decisión de Juan II, en pleno siglo XV.
Son tres datos para constatar que este soldado romano, convertido al cristianismo, se había convertido en el gran protector de la Corona de Aragón y que todos los estados que estaban gobernados por el rey de la Casa de Aragón –el condado catalán, el reino de Valencia, el reino de Mallorca, o el propio reino de Aragón que daba título y nombre a la Corona- lo consideraban así. Y lo festejaban en el día de su muerte, el 23 de abril al mediodía, a la hora sexta como decían las viejas crónicas, por todo lo alto. Un día que, por si tenía pocos patronazgos, acabaría convirtiéndolo en compañero de escritores y editores.
Y es que san Jorge, el señor san Jorge, Patrón de Aragón, convive con el libro porque su día se declaró por la Unesco como Día Internacional del Libro y de los Derechos de Autor, en 1995, después de que Miguel de Cervantes y William Shakespeare tuvieran el acierto de morir el 23 de abril, fecha que un real decreto de Alfonso XIII convirtió en el día de la Fiesta del Libro Español a propuesta de un escritor valenciano, del republicano Vicente Clavel Andrés. La relación de celebrar san Jorge con un libro, compañero de la rosa o del zaragozano y dulce Lanzón, enriquece la fiesta y permite que su feria sea también una manifestación de la conveniencia de conocer lo nuestro, de leer, de estar informados para poder argumentar y tener criterio.
Pero, si su proyección saltaba al mundo de las letras, san Jorge fue apeado por el papa Pablo VI que consideró, cuando se hizo revisión de los datos que sustentaban a cada uno de los santos, que había que eliminarlo del santoral de la Iglesia Católica, dejando su culto algo así como opcional. Se abría una nueva etapa que se caracterizó por no haber ningún cambio. La devoción popular no decayó y sus valores como elemento protector de los pueblos o como símbolo de la lucha contra la tiranía, que en el medievo representó el dragón que derrotó, siguieron igual o creciendo. Nada ha cambiado en Inglaterra, donde Eduardo III lo proclamó patrón de la nación en 1344. Nada ha cambiado en Rusia donde es celebrado como Patrón de ese territorio por la Iglesia Ortodoxa, por cierto el 3 de noviembre. Y nada ha cambiado en la espiritualidad, con halo de misterio, que se vive en la iglesia templaria rupestre de Bet Giyorgis, en Etiopia, dedicada a este santo y en la que creen se custodia el Arca de la Alianza que recorrió el desierto con el pueblo elegido.
Por eso, aquí tenemos la tarea de lograr que la historia no cambie, que se respete lo que sabemos y que se vaya incrementando esos saberes con la investigación científica no con el quehacer ilegitimo de los servidores del poder. E incluso el problema será valorar si aquí ha cambiado algo, si ese descalabro pontificio a la figura del patrón de Aragón ha supuesto un deterioro de san Jorge como referente. O acaso, si el cambio viene desde otros horizontes…
He escrito muchas veces sobre la historia de este santo tan aragonés como universal, que no me encuentro con ganas de hacerlo sólo para reiterarles una relación de noticias que hablan de cómo este soldado de Capadocia se ha convertido en un referente de esta tierra que se llama Aragón. Pero, sin embargo, nos obliga a retomar el asunto la lealtad que debemos los aragoneses a nuestra historia. Porque, hoy, nos invitan a recordar estas noticias documentadas episodios que nos ha tocado vivir con la historia de unas obras de arte que no nos quieren devolver, contra el mismo derecho que sus captores alegaron, o con las patéticas reflexiones de un consejero catalán sobre el pobre Pedro III de Aragón, que ahora no sabemos si se refiere a Pedro II en la obediencia de la Generalitat o acaso Pedro I en la obediencia de El Palmar.
Bromas aparte, está claro que estamos en tiempos de comprometerse con la defensa de lo nuestro, de comprometerse con este proyecto común que tiene un nombre que hunde sus raíces en el siglo IX desde el nacimiento del condado; que se presenta como uno de los estados vertebradores de la Europa del románico –en el siglo XI- desde el Reino de Aragón; y que se proyecta al mundo con la Corona de Aragón, un proyecto de consenso construido por los reyes aragoneses nacidos en el entorno de la Huesca del siglo XII. Es, como vemos, un largo recorrido que está plena y solidamente documentado, aunque no faltan versiones partidistas hechas por sicarios al servicio del poder, como aquel archivero catalán que se inventó lo de la Corona catalanoaragonesa para tener la relevancia que no le dieron sus investigaciones.
Y para seguir afirmando la necesidad actual de defender lo aragonés, es bueno que nos fijemos en la mítica estela de san Jorge en la página oficial de la Generalitat de Cataluña. En ella se le vincula sólo a Capadocia, silenciando todas las referencias históricas aragonesas salvo anotar que las cortes catalanas lo declararon “patrón de Cataluña”, para concluir diciendo que se celebra en otras partes del mundo, excluido Aragón. Una vez más, nos enfrentamos a la tragedia de aquellos que necesitan estar construyendo su historia desde la mentira, porque en el fondo padecen un evidente complejo de inferioridad, tal como decía el profesor Antonio Ubieto. Mentiras a real el kilo, porque este santo, en la página dedicada a las tradiciones catalanas, está vinculado a la comarca del Ripollés, donde tienen el atrevimiento de decir que se inicia su culto en el siglo X, para ir después a estar en la conquista de Baleares y en la de Barcelona… Para concluir diciendo “años más tarde su culto llegó a los limites del Aragón”. Para estos autores catalanes, el problema es quizás que san Jorge no les llamó al móvil cuando estuvo en Huesca y no se enteraron.
No obstante, dicen los libros que su historia arrancaba en los campos de Alcoraz, en plena conquista de Huesca el año 1096, cuando apareció “con armas blancas y resplandecientes” en ayuda de las tropas aragonesas del rey Pedro I. Era el comienzo de una larga convivencia, de múltiples encuentros siempre que Aragón lo necesitara, como ocurrió cuando Pedro IV inicia la marcha contra Castilla y ordena a sus soldados que portasen “señeras con la señal de san Jorge”. Y, al final, fue convertido en Patrón del reino por decisión de Juan II, en pleno siglo XV.
Son tres datos para constatar que este soldado romano, convertido al cristianismo, se había convertido en el gran protector de la Corona de Aragón y que todos los estados que estaban gobernados por el rey de la Casa de Aragón –el condado catalán, el reino de Valencia, el reino de Mallorca, o el propio reino de Aragón que daba título y nombre a la Corona- lo consideraban así. Y lo festejaban en el día de su muerte, el 23 de abril al mediodía, a la hora sexta como decían las viejas crónicas, por todo lo alto. Un día que, por si tenía pocos patronazgos, acabaría convirtiéndolo en compañero de escritores y editores.
Y es que san Jorge, el señor san Jorge, Patrón de Aragón, convive con el libro porque su día se declaró por la Unesco como Día Internacional del Libro y de los Derechos de Autor, en 1995, después de que Miguel de Cervantes y William Shakespeare tuvieran el acierto de morir el 23 de abril, fecha que un real decreto de Alfonso XIII convirtió en el día de la Fiesta del Libro Español a propuesta de un escritor valenciano, del republicano Vicente Clavel Andrés. La relación de celebrar san Jorge con un libro, compañero de la rosa o del zaragozano y dulce Lanzón, enriquece la fiesta y permite que su feria sea también una manifestación de la conveniencia de conocer lo nuestro, de leer, de estar informados para poder argumentar y tener criterio.
Pero, si su proyección saltaba al mundo de las letras, san Jorge fue apeado por el papa Pablo VI que consideró, cuando se hizo revisión de los datos que sustentaban a cada uno de los santos, que había que eliminarlo del santoral de la Iglesia Católica, dejando su culto algo así como opcional. Se abría una nueva etapa que se caracterizó por no haber ningún cambio. La devoción popular no decayó y sus valores como elemento protector de los pueblos o como símbolo de la lucha contra la tiranía, que en el medievo representó el dragón que derrotó, siguieron igual o creciendo. Nada ha cambiado en Inglaterra, donde Eduardo III lo proclamó patrón de la nación en 1344. Nada ha cambiado en Rusia donde es celebrado como Patrón de ese territorio por la Iglesia Ortodoxa, por cierto el 3 de noviembre. Y nada ha cambiado en la espiritualidad, con halo de misterio, que se vive en la iglesia templaria rupestre de Bet Giyorgis, en Etiopia, dedicada a este santo y en la que creen se custodia el Arca de la Alianza que recorrió el desierto con el pueblo elegido.
Por eso, aquí tenemos la tarea de lograr que la historia no cambie, que se respete lo que sabemos y que se vaya incrementando esos saberes con la investigación científica no con el quehacer ilegitimo de los servidores del poder. E incluso el problema será valorar si aquí ha cambiado algo, si ese descalabro pontificio a la figura del patrón de Aragón ha supuesto un deterioro de san Jorge como referente. O acaso, si el cambio viene desde otros horizontes…