El otro día les contaba que había estado participando en un Curso de Verano, organizado por las Universidades de Navarra, en Fitero. Y, hoy, les quiero explicar que, como el día anterior a mi participación en el curso había leído un amplio reportaje en el Heraldo de Aragón sobre un yacimiento celta en Fitero, quise visitarlo aprovechando las últimas horas de la tarde, en especial ese espacio colorista y lleno de paz en el atardecer de agosto que lleva los rayos del sol hasta los límites de la hora de cenar.
Y, la verdad, tengo que decirles que fue una visita apasionante, sobre todo por contar con los propios responsables de la excavación para explicárnosla al pequeño grupo que fuimos. Por cierto, fue una maravilla contar con dos arqueólogos zaragozanos de primera, como son María Antonia Díaz y el director de la excavación, Manuel Medrano, profesor de nuestra Universidad de Zaragoza.
Me relajó el viaje en la furgoneta que lleva a los participantes en la excavación, tanto por el traqueteo a que nos sometió como por la cantidad de avisos que había colocados en papelitos por todo su frente. Fue divertido, no dejamos un bache sin cumplimentar, pero mereció la pena llegar hasta el asentamiento del cerro de Peñahitero y descubrir el hermoso paisaje del entorno de Fitero y de Cintruénigo, una vega en la que han documentado estuvo acampado –durante un invierno- el ejército de Sertorio dedicado a prepararse para la guerra en tierras de Huesca y fabricando balas de metal.
Ascendimos al cerro y nos encontramos con una muralla brutal, con una muralla en medio de la cual han descubierto una tumba -escondida dentro de la muralla- en la que han encontrado un esqueleto, un casco de hierro, los restos de una comida ritual y un banco. Una tumba en la que habían colocado, en el siglo VI antes de nuestra Era, una cabeza cortada mirando hacia la zona de la que venían los enemigos. La cabeza cortada de un guerrero famoso al que colocan allí para que los proteja, para que mientras mire al este los enemigos no se puedan acercar al poblado.
Me ha parecido bonita la historia que reconstruye el hallazgo, me ha impresionado como ese pueblo celta honró a su príncipe que les debió de salvar de mil peligros, me ha parecido un reto para el pensamiento el encontrarte con esos huesos de hace mil quinientos años.
Aunque, quizá mirando hacia el infinito desde ese cerro y con el cierzo en la cara, he llegado a pensar que el verdadero reto para nuestra sociedad del conocimiento es descubrir que aquellas gentes celtas -que recibían la mañana con el miedo de perder la vida- han triunfado sobre el tiempo y sobre la historia. Hoy, cuando los aviones surcan los cielos, incluso con el amigo Serafín Olcoz de guía excepcional, los guerreros que iban a destruir vidas y haciendas los ha hecho polvo el tiempo y al guardián de esa comunidad, al protector de sus vidas lo hemos mirado con cariño y con ternura. Hemos visto su casco, hemos imaginado sus penachos, hemos sabido de la caries de ese niño que los estudiantes han bautizado como Cuco con todo el cariño del mundo, hemos visto sus cuencos cerámicos, hemos visto los campos que ellos vieron…
Ciertamente, fue un día precioso y se lo tengo que agradecer mucho a Medrano, un arqueólogo nuestro que es apreciado en las tierras navarras como un gran especialista. ¡Que pena que nuestro Gobierno de Aragón -ausente y virtual en tareas de arqueología- tenga abandonados tantos quehaceres arqueológicos como Botorrita,… !
Además, fue un buen broche para una jornada en la que tuve el placer de compartir el pisto de la tierra con un periodista de primera, Carlos Dávila, con una persona en cuya compañía el tiempo se deshace con ese bienestar con el que se deshacen los momentos excepcionales de la vida. Si tienen un rato lean el reportaje y encaminen sus pasos veraniegos hacia esa ciudad de Fitero que les deparará importantes momentos de solaz.