Hoy, asombrado por la falta de responsabilidad de los gestores políticos de las obras del Seminario, quiero cerrar esa carpeta de fracasos y hablar de cosas más hermosas, hablar de recorrer Zaragoza. Es un texto que escribí el domingo pasado por la noche, pero que se quedó aparcado por el hundimiento de parte del Seminario. Pero, ahora, quiero compartirlo con todos vosotros, máxime cuando yo estoy en viaje fuera de nuestra ciudad. Desde la lejanía, mis saludos.
Aprovechando la bondad climática de las tardes, de estos días agosteños en los que el cierzo parece que nos echaba de menos y se venía a acariciarnos, he paseado por nuestra ciudad. Lo he dicho muchas veces y lo he llegado a escribir. A mí me gusta andar los paseos espaciosos y las calles, perderme en el dédalo de viejas callejuelas, recrearme en los espacios de esas plazas recoletas que nacieron después de la Guerra de la Independencia, oír las rotundas campanas del Pilar mientras buscas rostros en las ventanas antiguas, en esas que ya han perdido la compañía de los viejos geranios que ponían bonito contraste en el color de las fachadas zaragozanas.
Pasear por Zaragoza, por ese centro histórico que guarda tantos recuerdos de nuestro esplendoroso pasado, es una buena apuesta para disfrutar a paso lento, para descubrir nuevas perspectivas, para sentirnos parte de esta ciudad que fundó un emperador romano y que han construido -con su sudor, sus sueños, sus alegrías y sus pesares- miles de hombres y mujeres que han sido los artífices anónimos de tantas cosas conocidas y de tantos secretos por conocer.
Y al final del paseo, sentarnos en un velador en la acera y ver pasar a los demás, otear las miradas de los amigos para compartir un rato de charla, sonreír con cariño que es algo que todos deberíamos hacer como terapia… y ver ese juego que hace el último rescoldo del atardecer con el primer impacto de las farolas de Averly, que nos recuerdan el momento en el que nuestra ciudad hizo de la fundición belleza imperecedera…
Hay muchas cosas que hacer en esta ciudad, muchísimas si queremos que sea una ciudad moderna, cosas muy importantes para sacarla de la intolerable agonía y el declive de estos últimos años… Pero, además, hay que aprender a pasearla, a quererla a ras de suelo, a sentirse de esta tierra bendecida por la Virgen del Pilar, a sentirse ciudadano y compartir el sueño de construir la ciudad del futuro con los hombres y mujeres que descubrimos asomadas tras las persianas, que nos contemplan desde la puerta de sus tiendas, que nos miran desde las ventanillas de sus taxis, que nos saludan al pasar, que se sienten participes con nosotros de tantas alegrías y -sobre todo- de tanto futuro que no podemos dejar escapar…