El viernes pasado, día 18, participé en uno de esos estupendos cursos de verano que organizan las universidades navarras. Un curso, impartido en ese hermoso paisaje de Fitero que custodia los restos de un monasterio en el que la historia alcanzó tintes universales, en el que se estudiaban los asuntos referidos al Cister y su relación con los orígenes de los reinos peninsulares (siglos XII y XIII).
Es bueno, especialmente para investigadores como yo que se dedican plena y conscientemente a la gestión política, hacer un alto en el camino del verano para reflexionar sobre un asunto científico, sobre la parcela en la que cada uno sea especialista, para seguir construyendo la sociedad del conocimiento. Y, además, para no perder ese contacto con nuestra vocación de historiadores, con nuestra dimensión universitaria, con esa conexión con la realidad diaria que nos enseña a esforzarnos y a ser útiles socialmente.
A mí me gusta dedicar parte de mis vacaciones -no quiero restarle ni un ápice de mi tiempo de servicio a la ciudad de Zaragoza- a participar en dos cursos, como mucho, en estos últimos años más cercanos a los que antes impartía: en la Universidad Católica de Ávila, en los cursos de EL Escorial, en los de la UNED, en los de Tordesillas, etc.
Si, a principios de verano, participaba en los Cursos de Verano de nuestra Universidad en Jaca, hablando del mito de San Juan de la Peña, ahora lo he hecho en tierras navarras hablando de “El Reino fronterizo de Nájera: León, Castilla, Navarra y Aragón”. Un tema que me ha permitido recuperar viejas anotaciones sobre la historia de un territorio -rico y bien ubicado en los caminos del Ebro- que fue conquistado por los asturianos y pamploneses (hacia el año 923) para incorporarlo al reino pamplonés como Reino de Nájera. Este enclave real, donde descansarán los reyes pamploneses, será siempre un territorio apetecido por Castilla, y así sus reyes lo recuperan a la muerte de Sancho IV de Navarra (despeñado en Peñalén por sus hermanos el año 1076) para seguir manteniendo ese reino cargado de historia y de leyenda.
Pero, en el siglo XII, los pamploneses volverán a la carga y recuperan el territorio riojano aprovechándose de los enfrentamientos familiares entre los reyes castellanos y leoneses. Era el año 1163 y el monarca que las recupera era Sancho VI el Sabio, pero poco las iba a tener pues el intrigante Alfonso VIII de Castilla las recupera –amenazando con poner en pie de guerra a muchos ejércitos contra Navarra usando de la amistad de sus amigos los reyes de Aragón y León- en abril de 1179. Y, desde ese momento, estas tierras riojanas al sur del Ebro, los escenarios de Berceo, ya nunca dejaron de ser castellanas hasta la creación de La Rioja.
Como ven, estas tierras de frontera tienen una historia apasionante. Y apasionante es la reflexión que hemos hecho sobre una sociedad cristiana en su noventa por ciento, con judíos, musulmanes y mozárabes emigrados de las ciudades musulmanas, que pronto entendió que esta frontera era un espacio idóneo para poner en marcha dos procesos socioeconómicos vitales: potenciar los cultivos de vid y crear nuevas aldeas, unidades con unos veinticinco vecinos, al mismo tiempo que manteniendo el curso del Camino de Santiago que ponía en marcha una economía mercantil que consolida ciudades como Logroño o la propia Nájera.
La verdad es que agradezco a mi estimado amigo, el profesor Carlos de la Casa, y a los organizadores -que en Fitero son gente estupenda, con Carmen o con el propio alcalde que hace de anfitrión- que me hayan permitido dedicar unos días de mis vacaciones a reflexionar sobre la historia de Nájera. De cualquier reflexión histórica se aprende siempre, sobre todo, a entender que lo único que importa son las personas. Así desde el siglo X hasta el siglo XXI.