He escrito en varias ocasiones sobre la fiesta de San Lorenzo, ese santo oscense que fue martirizado hacia mediados del siglo III de nuestra era. Y lo hacía dedicando mis reflexiones a glosar ese paisaje oscense que se llena de aromas y de colores, de sabores a castañas y a torta. Es un día grande para las gentes de esta tierra, un día en el que la alegría se desborda por las esquinas, que preparan encuentros amistosos, y en el que bajo las chimeneas preparan la comida familiar.
Es un día para vivirlo a ras de calle, saltando con el pañuelo verde al cuello y con ese olor a albahaca que inunda el viejo camino del Coso Bajo, que explicaba el recordado amigo Brioso. Es un día para contemplar el paso de la imagen del santo, escoltada por esos danzantes que hunden su historia en la baja edad media, en un tiempo en el que los hortelanos de Huesca querían rendir pleitesía a su santo patrón.
Hoy, día 10 de agosto, las calles de la capital altoaragonesa están ocupadas por la procesión que mantiene la Real Cofradía de Caballeros de San Lorenzo, por las gentes que se sienten vivas y dichosas de ser aragonesas y oscenses. Y, mientras tanto, los que estamos lejos cerraremos los ojos llevándonos un ramo de albahaca a los labios, rememorando sabores, olores y músicas que hablan de amor a la vida.
Y luego, con todo ese aroma en nuestro entorno, abriremos el “Diario del AltoAragón”, tan bien gobernado por ese director excepcional que es Antonio Angulo, y comenzaremos la lectura de ese clásico Extraordinario de San Lorenzo, en el que hemos escrito todos los que hoy queremos homenajear al santo oscense, a ese santo que Felipe II convirtió en universal dedicándole la construcción del monasterio de El Escorial.
¡¡FELICES FIESTAS!!
Posdata alegre y literaria: que nadie olvide que por la noche hay que ver las lágrimas de San Lorenzo, lluvia de estrellas fulgurantes de las Perseidas que surcan el cielo, y pedir los deseos que se quieran ver convertidos en realidad para el año.