Hoy, 3 de julio, se cumplen treinta años del nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno de España. Hoy se cumplen treinta años del momento en el que este país comenzó a caminar hacia la democracia, a caminar de la mano de este hombre que nunca dudó que, al final del trayecto, podríamos construir un futuro mejor. Sus esfuerzos, los de todos, hicieron posible aquellas palabras con las que se dirigió por televisión: “la meta última es muy concreta: que los gobiernos del futuro sean el resultado de la libre voluntad de la mayoría de los españoles”.
Hoy, tres décadas después, y mientras la enfermedad nos lo ha trasportado a otro mundo de sensaciones, los españoles debemos estar profundamente agradecidos a este hombre que hizo posible lo más difícil, poner en marcha el proceso de la transición que nos llevó a la Constitución de 1978 y a la España de las Autonomías. Y, aunque él ya no pueda saberlo, no debería quedar una ciudad en este país que no tuviera una calle dedicada a este hombre, a este artífice de la paz como camino hacia la convivencia, tal y como hicimos los populares_ en el Ayuntamiento de Zaragoza, el 22 de junio del año pasado, mediante una moción que fue aprobada por unanimidad.
Su trayectoria es testimonio ejemplar de un presidente del Gobierno que tiene claro que su primera tarea es reconocer la soberanía popular, trabajar por el bien común, construir antes que destruir, buscar la paz fuera de la ignominia, respetar a los españoles y no traicionar su confianza. De él podrían aprender muchos, especialmente el actual presidente socialista del Gobierno que, a fecha de hoy y cuando ya tiene 46 años, no sabe el significado de la palabra España.