Día a día

POR FIN: LA PLAZA DEL PADRE PEDRO

Por fín, esta mañana de domingo hemos asistido a la colocación de la placa de cerámica, (hecha por un profesor del colegio que me gustaría saber su nombre para reconocer su gesto generoso en tiempos de penurias), por la que queda fijado en la topografía del caserío urbano la nueva Plaza del padre Pedro Díez, escolapio, pedagogo, santa persona… Con este acto, arropado por los tambores de la cofradía, la gran familia escolapia culmina más de dos años de itinerario desde que -en un pleno municipal en el que tuve el inmenso honor de defender la propuesta- se aprobara por unanimidad de todos los grupos políticos. Pero, como ya sabemos esta tierra gusta de levantar polvo en el camino y -a pesar de ser un acuerdo de pleno- no han faltado quienes buscaron ralentizar la cosa para alegar oportunidad de cambiar el nombre, de dar protagonismo a otros hitos ciudadanos, o de plantear la imposibilidad de tener un espacio en el que ubicar la placa con el nombre de la plaza. Pobres amigos. Todos ellos no se dieron cuenta que eramos seguidores y discípulos del padre Calasanz, firmes en la defensa de la Verdad y de nuestra identidad, generosa con la sociedad más necesitada desde que el oscense universal fundara unas escuelas gratuitas cuando nadie pensaba en ellas. Con la fuerza de una formación sólida en la dedicación y en la firmeza, todos y cada uno de los que componemos la gran familia escolapia hemos aportado nuestro granito de arena… Y digo todos, recordando por ejemplo cómo visitaba esa plaza con Francha, zaragozana de San Pablo, entendiendo que ese era el lugar de la placa aunque algunos funcionarios no lo veían posible, cuestión que propuse como solución en el Facebook. Hoy, al recibirla estaba claro que era posible, que era acertado y que no hay ningún problema en que esté allí. Pero, todo esto queda para la historia, como queda la elegante y firme colaboración que siempre ha prestado a este asunto el Presidente del Distrito José Manuel Alonso. Al final, lo importante es que allí está la placa y la plaza; un hecho que recordaré con todo cariño de mi paso por la vida municipal, un hecho de esos que dan sentido a años de trabajo y de dedicación a los demás y a la ciudad que quieres. Por eso, al concluir ese tiempo de estar en primera fila, cuando añoro la vuelta al estudio y a la investigación, a la generosa tarea de recuperar cosas del pasado para poder construir mejor el futuro, a la voluntad de servir con paz y lealtad a la sociedad que tanto hace por cada uno de nosotros, me siento muy feliz de haber podido estar en la Plaza del padre Pedro nada más y nada menos que 42 años después de haber salido del Colegio, de esos pasillos y esas aulas que compartí con un maestro excepcional que se llamaba Pedro Díez Gil y que todas las tardes pisaba las calles del barrio llevando a los más pequeños a sus casas.
La vida sigue, pero es bueno que las generaciones vayan recuperando el ejemplo moral que han dejado en cada esquina y en cada sufrimiento, gentes como el padre Pedro que sólo quiso servir a los más indefensos, en realidad cumplir lo mejor que pudo y supo con su trabajo. Hoy, camino de los altares, nos queda su voz, su imagen, su recuerdo y su ejemplo. Por cierto, la plaza del padre Pedro está en donde se cruzan la calle Boggiero con la calle Ramón y Cajal, a espaldas del Colegio de las Escuelas Pías. Puesto que, como dicen los politicos madrileños, no podía ser de otra manera.