El 7 de junio de 1926, hace ochenta y cuatro años, cuando iba a arezar a la iglesia de San Felipe Neri, murió el genial arquitecto Antonio Gaudí atropellado por un tranvía, cuando cruzando la Gran Vía de las Corts Catalanes
pretendió recular para que evitar que lo atropellara sin darse cuenta que a su espalda venía otro que le produjo daños mortales en las costillas y en la cabeza. Las ropas viejas y gastadas del arquitecto hicieron que ningún barcelonés pusiera atención en el atropello de un indigente, que permaneció en el suelo buen rato y que sólo fue retirado de allí y llevado al Hospital cuando pasó un Guardia Civil, que fue el único que lo atendió. Tres días después ese indigente atropellado en Barcelona, al que nadie asistió, moría en el Hospital de la Santa Cruz. Hoy, ochenta y cuatro años después la sociedad que siguió caminando ante sus harapos manchados de sangre, ha parado la historia para reconocer que este arquitecto catalán, hijo de unos caldereros, ha alcanzado la gloria y hasta el Santo Padre ha acudido a su templo, a su basílica, a su sueño, para proclamar que hubo un hombre que supo hacer una obra que, hecha por los hombres, se convirtió en una hermosa alabanza a la Sagrada Familia que seguro que hoy, por encima de todo, sonreía con ese anciano de Reus cuya tumba fue profanada en la Guerra incivil del “treintayseis”. Triste ingratitud humana, cambiante y caprichosa