En pocas horas Luis de Paz ha adivinado la persona a la que corresponden los ojos que yo he propuesto como objeto de investigación. Y lo ha hecho muy bien, porque corresponden al orfebre en su taller que es el protagonista de una escena pintada por Petrus Christus, en el año 1449, cuando asomaba el renacimiento por la Europa del norte y cuando el óleo alcanzaba sus cotas de mayor grandeza como soporte de una pintura que nos trasmite la vida diaria. La persona que nos mira detrás de esos ojos debe ser san Eligio, para que todos entendamos el patrón de la orfebrería, ese santo que en algunos países conocemos como san Eloy. Y el cuadro, de un metro de alto, lo podéis contemplar y extasiaros si viajáis a Nueva York, y recorréis las amplias naves del Museo Metropolitano. Aprovechando la ocasión, no me resisto a ejercer esa tarea de profesor y comentaros algunas cosas, de esas cosas que me ha gustado siempre hacer ver a los alumnos para que entendieran que el arte está lleno de vida, de sugerencias, de tristezas y de alegrías.
El orfebre, que ya os he dicho que creo que es san Eligio y que puede ser la causa por la que este cuadro pudiera haber sido encargado por los orfebres de Brujas para presidir su capilla, está acompañado por dos clientes, dos burgueses (quizás sean dos nobles) de ese comienzo del mundo moderno que configuran una pareja elegante, seguramente rica y poderosa, además de muy unida y enamorada si hacemos caso de cómo pasa el hombre el brazo por la espalda de la chica, quizás su prometida, remarcando ese sentido de la protección. Y cuál es la causa de que pensemos que es una pareja de novios, pues la sencilla realidad de que el orfebre está pesando en la balanza el oro para un anillo de boda. Cuestión a la que se suma que en la parte inmediata a nosotros, el pintor, representó un cinturón que era propio de las ceremonias nupciales de ese tiempo y que se acerca a nosotros casi saliéndose del lienzo.
Dentro del lienzo contemplamos la escena del taller del orfebre, con piezas muy curiosas como ese tarro de cristal que se remata con la figura de un pelícano, símbolo eucarístico ya que este animal se arrancaba la carne para alimentar a sus polluelos, por lo que pudiera ser un objeto religioso o incluso un curioso cáliz para custodiar las Formas de la Eucaristía. Y más dentro del cuadro, un espejo y las ventanas nos permiten ver la calle, en concreto la plaza del mercado de Brujas, en la que están algunos caballeros paseando y hablando.
Un escalón más allá, podemos incorporar a la lectura de este cuadro los miedos y las angustias de esta pareja, cuestión que digo basándome en la presencia en los estantes del orfebre de algunos productos que se usaban en su momento contra las intoxicaciones y los envenenamientos. Yo no puedo aseguraros que esta pareja corriera riesgos, pero intuyo que así era y por eso hay elementos como los rubíes que pensaban tenían propiedades antisépticas, el coral que pensaban detenía la hemorragia, y especialmente esos dientes de tiburón fosilizados –conocidos como “lenguas de serpiente”- usados habitualmente para detectar, con su cambio de color, si estaban en contacto con alimentos o bebidas que tenían venenos. Y es más, fijaros que entre las cortinas hay un cáliz de coco que usaban estas sociedades para neutralizar productos venenosos… Los labios están sellados por el paso de los siglos, pero las miradas nos hablan de tiempos difíciles en los que la vida tenía muy poca importancia. Una pareja va a casarse y sólo ellos saben ya cuáles son los peligros que les acechaban.