Esta tarde, cuando celebramos el Viernes de Dolores que nos abre el itinerario de la Semana de Pasión, he tenido la oportunidad -mejor les debería decir que el placer y el honor- de asistir a la representación de una obra de teatro en la que se nos cuentan los procesos previos que llevaron a la construcción de ese texto singular y moderno que fue la Constitución de Cádiz. Yo no sabría decirles si me ha gustado más el texto o la puesta en escena, pero les aseguro que no faltaba ni sobraba una palabra y que el trabajo de la profesora Casilda Esquillor es magnifico y encomiable. Me ha impresionado la agilidad de su texto, la calidad plástica de su libreto que alterna escenas con clave de humor y con sentido dramático, en suma su calidad y su dinamicidad. Sobre este texto tan bien hecho, se ha construido la imagen iconográfica de los personajes con ese vestuario que ha corrido a cargo de María Jesús Samper, de color intenso y acertado, de corte muy liberal, que pone esa nota de modernidad a una sociedad del siglo XIX que busca construir el futuro. Esta trilogía no podía quedar sin la aportación de Yolanda Iguaz que está omnipresente en esta obra juntamente con Casilda y María Jesús. Los alumnos están de Matricula de Honor, pero de las que no se discuten, desde el narrador que batalla con sus hijas con un gracejo singular y comedido, hasta la inestabilidad del diputado iberoamericano que pone una nota de cotidianidad en este entorno, en un paisaje en el que no me quiero dejar en el tintero los voceros de los periódicos que lo hacen francamente bien y las bailadores pequeñitas, diría que pese a su edad muy bien. La música de dos beneméritos alumnos acompaña con medida, trabajada y como dicen ellos currada, la barca que trae a los diputados a Cádiz una sugerencia de imaginación con una cuerda y mucha pasión. Como pueden ver me ha gustado y mucho, sobre todo en un tiempo en el que se quiere negar toda capacidad de expresión a los alumnos de Secundaria. Me ha impresionado y me ha hecho pasar un rato magnífico, un rato en el que hemos notado la mano de Luis, ese gran técnico de la iluminación de los espectáculos de esta tierra al que recuperé una noche en una charla durante una cena con Corita Viamonte, artista singular, excepcional y medalla de la Ciudad de Zaragoza. Pero, volviendo a lo que nos ocupa, quiero terminar diciéndole al amigo Antonio, al director del Colegio Cristo Rey, Casa y fonda de todos estos artífices del escenario, que tiene que sentirse muy orgulloso y feliz de poder compartir su tiempo y su buen hacer con estas actividades que nos reconcilian con la cultura con mayúscula. Desde luego, la familia escolapia nos reconocemos en empresas como esta y nos sentimos además muy felices. Por cierto, si pueden
verla no lo duden que van a pasar un rato tan bueno que cuando se den cuenta estarán aplaudiendo la obra. Godoy y María Luisa les pondrán la sugerencia de un mundo en crisis, en el que el que quizás sobre la sobredimensión del propio Carlos IV, pero no en el interprete sino en el perfil del interpretado, y al final cuando busquen los retratos de un Goya altivo que se pasea por el escenario verán lo acertado de la elección. Como les he dicho, la orden escolapia sigue siendo puntera en la actividad cultural pues no en vano inspiró la Institución Libre de Enseñanza, razón por la cual algunas autoridades en vez de pagar basura podían ayudar a este ramillete de alumnos y profesores que bien se lo merecen. La historia se lo demandará si no lo hacen. Enhorabuena a todos y a Casilda decirle que no hay dos sin tres y ella me entenderá bien.