El momento clave en la historia de esta ciudad de Zaragoza, abierta a los caminos que controlaba el puente de tablas romano que permitía cruzar el caudaloso río Ebro, fue el de la presencia de María de Nazaret a sus orillas, en ese espacio de la frontera con el entorno, allí donde el río ponía protección al caserío romano. En una de esas casas que se levantaban a orillas del río Ebro, debió de acontecer el suceso que llenó de singularidad la noche del 2 de enero del año 40, ese momento en el que María le anima al decaído apóstol que no logra consolidar una potente comunidad cristiana en la jóven colonia Caesararugusta. Allí, en una de esas domus o casa romana que los
primeros cristianos utilizaban para reunirse, para compartir las enseñanzas de Cristo, tuvo lugar la escena y el compromiso de María: la iglesia que se edificaría en esta ciudad perviviría y siempre habría alguien que diera testimonio de fe en su hijo Cristo. Hoy, casi dos mil años después, la vieja orilla del río está ocupado por una gran basilica catedral en honor de Nuestra Señora del Pilar, recordando la presencia de María de Nazaret en esta ciudad, recordando que quizás hasta pudo estar fisicamente puesto que -el año 40 de nuestra Era- la Virgen todavía estaba viva y sabemos que iba acompañando a los apóstoles en su evangelización por los caminos del mundo. Así lo han entendido algunos historiadores del pasado, algunos clérigos que han dedicado sus días a estudiar esta devoción que se ha convertido en la imágen de Zaragoza y en un referente para el cristianismo universal. Y pienso que no les falta razón, que María de Nazaret, viuda y doliente tras la muerte de su hijo, estuvo en esta ciudad sentando la dimensión espiritual de la Inmortal Zaragoza. Hoy, 2 de enero de 2012 seguimos recordando el 2 de enero del año 40.