Desde el comienzo de los tiempos los cristianos celebraron a esas personas que perdieron la vida en las brutales persecuciones de un Imperio Romano que temía a los cristianos, por miedo a que su pasión por la dignidad del ser humano acabara hundiendo el sistema esclavista en el que se levantó el poder de Roma. A ellos, gentes y gentes, se les dedicó un día que era el de Todos los santos que habían pasado la puerta que lleva a la eternidad. Cuando el papa Grgeorio III, en los años mediados del siglo VIII consagró la Basílica de San Pedro a todos los santos y decidió fijar su aniversario el 1 de noviembre, las persecuciones quedaban lejos y el cristianismo se extendía por los paisajes de Europa creando civilización y progreso.
Eran los tiempos de la construcción de ese mundo eclesial que acabaría extendiendo la celebración del día 1 de noviembre a todo el mundo, a mediados del siglo IX, por voluntad del papa Gregorio IV. Eran los tiempos de un nuevo mundo que comenzaba a construirse desde los monasterios que recuperaban la cultura clásica… Hoy han pasado muchos años pero continúa la humanidad celebrando esa fiesta de todos los santos, el pórtico a la fiesta de los fieles difuntos, los días de recordar a los que se han ido y duermen en la paz de esos cementerios que ya se han hecho paisaje, mientras el tomillo y las margaritas inundaron sus márgenes y construyeron la vida de cada primavera sobre la muerte de cada otoño.