Me recuerda mi amiga Teresa que el jóven que amablemente se nos ofreció a explicar la Catedral de Barbastro se llamaba Pablo, cosa que le agradezco pues -al hablar del Museo y de sus visitas teatralizadas- le cambie el nombre aunque quise citarle por una sencilla razón: en los tiempos que corren encontrarte en un templo a un joven de alrededor de 17 años intentando explicar -gratuitamente- a los visitantes el contenido artístico de una catedral es ejemplar y digno de admiración. Hagánle caso y acepten su condición de cicerone para visitarla, no se arrepentirán.