San Lamberto era un labrador, al que un pagano decapitó por no querer abjurar de su fe cristiana. Cuenta la historia que, en ese momento, el labrador zaragozano cogió su cabeza en las manos y marchó andando hasta morir en la iglesia de Santa Engracia de Zaragoza. Su devoción, costatada en los finales del medievo zaragozano, se potenció con ocasión de la estancia en Zaragoza del papa Adriano VI en 1522, recibiendo la noticia de haber sido elegido papa cuando estaba en la capital aragonesa.
Pero, la cuestión es que me pregunta mi amiga Francha, desde el Barrio de San Pablo de Zaragoza, cuál fue la causa de que decayera esta devoción y sólo se me ocurre recordar que los franceses causaron destrozos y daños en las reliquias en el verano de 1808 y que estio fue perjudicial. No obstante, en Miralbueno todavía desfila la cofradía de San Lamberto como testimonio de esa devoción que se le tiene en los campos y huertas de Zaragoza, en los pocos que van resistiendo la especulación más brutal.