Hoy 9 de enero tenemos que recordar al conde de Aranda, a ese gran aragonés que nació en la localidad oscense de Siétamo y que se convirtió en Presidente del Consejo de Castilla (1766 – 1773) y Secretario de Estado de Carlos IV (1792). Todo un personaje, de esos que han gozado de mando en la historia y cuyas decisiones se han convertido en punto de partida de realidades muy beneficiosas para los pueblos. Pero ahora sólo vamos a recordar que, destituido por el rey Carlos IV que se rindió a las presiones del favorito de su mujer, de Manuel Godoy, el conde de Aranda acabó desterrado en Jaén y cesado de sus responsabilidades porque mantenía -contra la opinión de Godoy- que había de evitar la guerra con Francia. Al final, era tan evidente el injusto trato del rey, que le autorizó a volver a sus tierras de Aragón y el X Conde de Aranda decidió acabar sus días en su palacio de Epila, donde murió el 9 de enero de 1798. Muerto el conde, uno de los aragoneses más influyentes en la historia de España, fue llevado a enterrar al panteón familiar en San Juan de la Peña, monasterio desde el que se lo llevaron al Panteón de Hombres Ilustres de San Francisco el Grande de Madrid. Pero, estaba claro que Madrid no iba ya con él y así volvió al viejo monasterio aragonés donde descansa hoy desde 1985, como debe ser, en su tierra, en la tierra que él amó, en el monasterio que sus antepasados mimaron y protegieron…, en su casa. En ese monumento que ha protegido su amada fundación: la Real Academia de Bellas Artes de San Luis que nació de la mano del conde de Aranda.