Ecos

Recuperando sensaciones de un mosen ilustrado

Cuando he visto la foto que comparto con vosotros, me han venido a la mente un sinfín de sentimientos que bien pudieran acercarnos a lo que pudiera pensar mosen Martín, el viejo rector de la iglesia de Lárrede, que gastaba los días de su vida, las horas de ese año en el que contaban los trajineros, mercaderes de quesos, había sucedido –líbrenos Señor- la decapitación de los reyes de los franceses. Y con el miedo en el cuerpo, allí, perdido de la civilización, en esos paisajes que recreaban la vista y que aportaban a la mesa obsequios tan suculentos como las peras limoneras del camino a Senegüé, el buen cura cubría las horas entre liturgias, conversaciones, trabajos, rezos, paseos y recuerdos…

En aquella mañana, seguro que su mente estaba lejos, con su mirada fija en el horizonte y la brisa en la cara. Su cabeza no paraba de dar vueltas sobre la carta que había salido en el correo de Biescas hacia el Palacio del Obispo de Jaca, esa carta en la que le pedía al obispo permiso para poder usar una peluca que le protegiera del frío invierno del Serrablo. Y mientras esperaba la respuesta, esa mañana seguía asomado a la vieja ventana de la casa prioral, observando cómo la niebla comenzaba a levantar sobre el valle, sabía que pronto se podría ver el río que custodiaba esas magnificas truchas que le traía el sacristán.

Al fondo, la nieve manchaba las praderas lejanas y abajo, en el verde de la era de los López de Isabal, los señores del lugar, pastaban las vacas recreando la aburrida cotidianidad… Se atisbaba la primavera y ya estaba en la falsa aireándose el jamón que le ayudaría a pasar un largo año de días largos y noches de soledad. Mientras tanto, a espaldas de su cuarto, al norte, crecía el miedo ante aquellos salvajes que cortaban cabezas y que iban levantando polvo y lodo en los caminos que bajaban hasta los Pirineos… Pero, pronto serían las ocho y la campana del enhiesto campanario estaba presurosa de soltar a la brisa de la mañana los sonidos rotundos de sus metales, la voz que llamaba hacia esa iglesia que había que retejar porque desde el invierno de la gran nevada no había caminado por sus tejados un triste maestro de obras.