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El vuelo de un monje benedictino en el siglo XI

Hablaba de un científico de la corte del emir cordobés que, en la mitad del siglo IX, decidió atarse a un remedo de alas y tirarse al vacío esperando volar. Pero, a pesar de la gravedad del impacto de su cuerpo con el suelo, la noticia de eventos como éste seguirían invitando a los seres humanos a probar inventos con los que surcar el aire.

Un personaje bien interesante en estas tareas es el monje inglés Eilmer de Malmesbury, un benedictino que debió de nacer a fines del siglo X, hacia el año 980, y que cuando tenía treinta años decidió poner en práctica sus estudios sobre matemáticas y astrología. Este monje trabajó en la construcción de unas alas mecánicas, con estructura de madera sujeta a sus brazos, con la que se lanzó desde la torre de su abadía. Fueron unos segundos, pero logró volar unos doscientos metros, antes de acabar por perder el control de su aparato estrellándose en el suelo y –como es habitual en estos aventureros- fracturarse las dos piernas. El abad ya no le dejó continuar con estos experimentos, aunque él entendió que lograría mejorar el vuelo si equipaba a su planeador de una cola. Y en estas cosas ocupó parte de su larga vida, pues sabemos que aunque cojo y con bastón llegó a ver el cometa Halley en el año 1066.

El caso es que este vuelo, ocurrido el año 1010, permanecía en la memoria de la abadía cien años después, cuando un monje llamado Wiliam de Malmesbury lo explica en su historia “De Gestis Regum Anglorum” el año 1125, un siglo después de que este monje intentara recuperar las aventuras de Dédalo e Icaro.