Ayer por la tarde, a eso de las ocho, cuando los comercios de mesas y sillas del principio estaban cerrando, me acerqué al barrio de San Pablo, que es uno de esos espacios de la ciudad al que tengo mucho cariño, sobre todo teniendo en cuenta que en sus calles y en sus recuerdos se construye mucha historia de mi niñez zaragozana. Fueron esos años en los que estudiaba en el colegio de los Escolapios y cruzaba estas calles camino de las viejas murallas romanas, fueron esos años en los que con dos vecinos del barrio –que eran Paco Cerdá y Clemente Boned– nos dedicamos a fotografiar todos esos rincones que hoy sólo son recuerdos.
Y hoy –una vez más– he vuelto a esta calle, para acercarme a esa Posada de las Almas que se fundó en enero de 1705, buscando ese espacio literario que tiene el barrio y que hoy presidía la presentación de la última novela de Macu Armisén, en cuyas páginas se asoman seis historias de todos los días, seis historias que nos hablan de ese mundo de encuentros que supo crear una ecuatoriana… Pero, no les voy a decir nada más porque creo que merece la pena leerla, máximo después de oír ese entrañable saludo del amigo Casanova, de la directora de la Biblioteca de Aragón –Pilar Navarrete– y de la socióloga María Ángeles Campo, sin olvidar las palabras de la autora y un hermoso video en el que las palabras y las miradas, de ojos negros y profundos, nos hablaban de la vida, del vivir de cada uno, de la lucha por hacerse un hueco en este paisaje de soledad e incomunicación. En la sala hacía calor, había muchos amigos y gentes diversas.
Afuera, la noche ya se había adueñado de la ciudad, en el bar de enfrente jugaban el último guiñote, junto a la negra taza del café de las cinco, y la torre de San Pablo seguía protegiendo las casas que construían ese reducto de la Zaragoza más auténtica y soñada. Por todo ello, gracias a la autora por el libro y por hacernos vivir este atardecer paulino en el otoño del 2008.