Hace unos días, tuvimos sesión ordinaria de la Real Academia de Bellas Artes de San Luis de Zaragoza y, entre los diferentes acuerdos, se decidió conceder el título de Académico de Honor a don José María Leminyana, al famoso mosen de Roda, a esa persona que jugó un papel importante en aquellos momentos en los que se comenzaba a reivindicar en serio el territorio aragonés en manos de la diócesis de Lérida. Me parece bien el acuerdo, lo he apoyado como todos los miembros de la Real Corporación con pasión y convencimiento porque, en esa decisión, la Academia quería reconocer fundamentalmente dos cosas: la coherencia de un aragonés de la frontera que siempre se ha sentido aragonés y la rotundidad del hacer cotidiano en beneficio de esas tierras del viejo obispado de Roda, el obispado que dio origen al de Lérida aunque los ilergetas nunca lo quieran reconocer.
No se cuándo iremos todos a entregarle el título, pero espero que pronto y que en la catedral de Roda de Isábena pueda sonar aquel día el órgano restaurado, y sea en honor de este mosen de la montaña. Aunque esto último sólo podrá ser si -como mandan los que mandan- el Presidente de Aragón, don Marcelino, inaugura antes el órgano de la catedral que ha restaurado con el dinero de todos nosotros, no con el suyo. Por eso, debe darse prisa nuestro presidente autonómico en inaugurarlo pues sería muy lamentable que el órgano no sonara en honor de Leminyana, porque un político de la tierra no haya sacado un rato para inaugurarlo. Sería imperdonable y no tendría justificación. Por eso, le ofrezco otra alternativa y que es hacer coincidir su presencia ““inauguratoria”” con la concesión del título de Académico de Honor a mosen Leminyana, por una Real Academia que ha sido aragonesa desde su fundación en el siglo XVIII.