El pasado viernes tuve la oportunidad de pasar unas horas en el municipio de Saviñán o Sabiñán, que no voy a ser yo quien tome partido en este debate si se escribe con v o con b por haber sido fundada por un romano llamado Sabinianus. Y en esa mañana, de cielos grises y gotas de lluvia en la cara, pude recorrer sus limpias calles, contemplando primero el recuerdo medieval -en callejones de aire musulmán- y después la pervivencia de esos hermosos casales renacentistas, que convierten en arte las calles de un municipio que ha crecido al amparo de la ermita de San Roque.
El otero vestido de pinos, las “churrias” en el monte, el calor de la gente que transitaba por la plaza y la exquisita elegancia y afecto del alcalde Ignacio Marcuello, hicieron de la visita a este lugar zaragozano del valle del Jalón una experiencia apasionante. Nos contaron los viejos avatares del cráneo del Papa Luna que pertenece a este enclave, vimos el lamentable e indigno estado en que está el palacio que la albergó, comprendimos de la necesidad de apoyar esa gran obra que es la Residencia, con sus habitaciones abiertas al paisaje del río, a la brisa primaveral de los viejos árboles, al sueño de contemplar esos olivos que sostienen la tradición de las olivas negrales…
El alcalde y los concejales, Carlos, José, Pilar, Lorena…, fueron explicando las apuestas de futuro, algunas de las cuales pasan por el plan de restituciones que se deriva de la construcción del embalse de Mularroya. Ciertamente hay que apostar por este lugar del Sistema Ibérico, por este grupo de hombres y mujeres que saben lo que es mirar al futuro y hacer posible el bienestar y el progreso de sus vecinos. Se lo merecen las señoras que saludé en la plaza, que me hablaron de lo que es vivir aquí y que me hablaron con firmeza y convencimiento de que este lugar es un hermoso lugar para vivir, se lo merecen los jubilados que jugaban al guiñote en los viejos tapetes verdes y con el mosen cantando las cuarenta, se lo merecen los que han trabajado por rescatar la cultura de este municipio, sus fotos, su historia, su apuesta por construir una agricultura mejor… Se lo merecen los niños que subían la cansada cuesta camino de la escuela de las tres de la tarde, de la escuela de toda la vida, se lo merece el coleccionista mundial de paquetes de tabaco llenos, y todos los que me recordaron que el Gobierno de Aragón debe cumplir su compromiso escrito de facilitar una copia de la documentación comprada a la familia de los Argillo… Y se lo merece el alcalde Ignacio, viejo amigo de muchos cafés en el Coso zaragozano, que ha querido construir sus días y sus noches en este hermoso pueblo zaragozano del que me apetece poner una foto nevada, porque eso es lo único que le faltó para que la mañana del viernes fuera una de las mejores de mi vida.