Al acabar los días de diciembre, todo a nuestro alrededor nos invita a hacer balance, a reflejar los acontecimientos más importantes del año que concluye.
Y, al hacer este inventario, a mí me vienen a la memoria un sinfín de escenas en las que viven esas personas que se han ido para siempre, que nos han dejado su recuerdo, su ejemplo moral y su trabajo bien hecho.
Se han ido, pero yo los recuerdo…
- …detrás del mostrador de la Farmacia Pérez-Aramendía del Coso, siempre atento y demostrando ser un buen profesional, como Jesús;
- …detrás de un atril hablando de la necesidad de las comunicaciones por el Pirineo Central, como esa extraordinaria mujer que fue Loyola de Palacios;
- …en esas largas charlas para aprender esta tierra, como las que compartí con ese gran humanista que fue mi profesor Antonio Beltrán;
- …en esas cenas de casa Marisa Bailo, conociendo un mundo de saberes por las palabras de ese excepcional intelectual y gran persona que fue Juan José Carreras;
- …en esas tardes que recorría el Serrablo, hace más de veinte años, gozando de ese amor por el Patrimonio que nos enseñó Julio Gavín;
- … y, también, pienso en Pilarín Andrés, la aragonesa que ha enseñado más sobre la voz que ella dominaba como los ángeles, y que acaba de llegar –ayer mismo- a ese mundo en el que tienen que sonar las voces de la armonía, en el que se tienen que conocer los grandes interrogantes de la historia y en el que el aire está lleno de felicidad.
Y, como estos son sólo un ejemplo mínimo, en ellos quiero plasmar que todos debemos tributar a los que se han ido, en especial a los que lo han hecho en el silencio, nuestro recuerdo y nuestro afecto.
Y recordar que, como dijo Robespierre, «la muerte es el comienzo de la inmortalidad».