Con la proclamación de la Segunda república se convocaron unas Cortes constituyentes que tenían que hacer una nueva Constitución. Unas Cortes que entendieron que las mujeres podían ser elegibles, después que el Gobierno provisional -en un decreto de mayo de 1931- concediera el voto a todos los hombres mayores de veintitrés años y declarara que las mujeres y los curas podían ser elegidos para ser diputados. El 1 de octubre de 1931 se produjo la votación y las dos únicas mujeres que eran diputadas tenían criterios contrarios: Clara Campoamor defendía el voto femenino y Victoria Kent se oponía. Azaña, ante esta cuestión, decía: “dos mujeres solamente en la Cámara, y ni por casualidad están de acuerdo”.
Al final, lograron sacarlo adelante los socialistas -con alguna excepción como la de Indalecio Prieto–, con la derecha y algunos de los republicanos. Pero, es necesario recordar que, ya en el año 1924, el general Primo de Rivera había otorgado el voto en las elecciones municipales a la mujer “que no esté sujeta a la patria potestad, autoridad marital o bajo tutela superior”, lo cual constituyó un avance extraordinario que no se puede olvidar en justicia.
Recordando este camino de conquistas -desde 1924 a 1931-, en el último pleno del Ayuntamiento de Zaragoza votamos todos los grupos una moción que venía a recordar ese momento, que el voto femenino había sido alcanzado, abriendo una nueva etapa para nuestro país. Cuatro concejalas defendieron la propuesta -en nombre de todos los grupos- y dos de ellas, la popular Dolores Serrat y la proponente de la moción -que fue la socialista Dolores Campos-, hicieron mención a la historia de las mujeres que comenzaron a construir este avance.
Me pareció un acto de justicia el oír como la socialista Lola Campos -en su brillante y cuidada intervención- ponía sobre la mesa el recuerdo a una zaragozana que supo defender los derechos de la mujer en el siglo XVIII, en un tiempo en que no era fácil hacerlo y en un momento en el que había que tener mucho valor para escribir lo que escribió, lo mismo que años después harían Clara Campoamor, Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán o la maestra Carmen de Burgos, que escribió una novela ambientada en Jaca…
Fue bueno recordar en el pleno municipal a Josefa Amar y Borbón, nacida en la Zaragoza de 1749 y dedicada a resaltar el valor de la mujer en la sociedad y a defender el derecho de la mujer a recibir educación, a estudiar, a investigar, a escribir, a generar opinión. Además, han pasado ciento setenta y tres años de su muerte, acaecida en 1833, y su recuerdo pervive en el callejero de la ciudad, aunque sería de justicia que su recuerdo fuera llama permanente que nos hablara de la igualdad de la mujer y la capacidad que tiene para participar en la construcción del futuro.